El chotis de Madrid

A Dolores de Cospedal se le hizo eterno el trayecto entre La Moncloa y la Puerta del Sol. Aunque mantuvo algunas conversaciones por teléfono, no muy largas porque los ánimos no estaban para pensar en otros asuntos, en un par de ocasiones apremió al chófer para que pisara el acelerador. Ya en la sede del Gobierno de Madrid, la ministra de Defensa, apuró el paso para llegar hasta al salón donde le aguardaba Cristina Cifuentes, enfundada en un traje blanco que recordaba al modelo utilizado por Esperanza Aguirre para dimitir del mismo cargo, ahora ejercido por ella. El abrazo de Cospedal fue frío y circunstancial. En menos de hora y media debería producirse la dimisión.

“Rajoy me ha abandonado”, pensó y dijo la presidenta de Madrid. “El presidente ha ordenado que dimitas antes de que él llegue a la Carrera de San Jerónimo a las doce”, respondió la ministra secretaria general sin poner una coma de su cosecha. Ambas sabían que estaban perdiendo uno de los principales bastiones sobre los que pensaban sostener sus candidaturas en la sucesión a Rajoy. Les había costado desmontar la maquinaria de Esperanza Aguirre, cortarle el paso a Soraya en Madrid, cerrar el grifo a los alcaldes no afines, mantener el estandarte de la hipotética renovación, situarse en espacios de poder –como el ejército- donde sus castillos eran difíciles de asaltar… Y creyeron no tener ningún talón de Aquiles al descubierto. Sin embargo, sin abrir la boca, ahora otros y Soraya –a pesar de sus descalabros en Cataluña- tomaban ventaja y ellas se desangraban tanto en Castilla-La Mancha como en Madrid. ¿Ha visto alguien a Sáenz de Santamaría por este chotis?

Ya de nada le valdría a la presidenta madrileña hacer valer los méritos de su propaganda contra la corrupción interna del PP. Los votos y hasta el poder se les escapaban por la herida de un master regalado, mal gestionado y casi olvidado entre las telarañas de un currículum de salón. Cifuentes se había enredado en el lodazal de las propias mentiras llevándose por delante otro de los bastiones del partido, la Universidad Rey Juan Carlos. A la desesperada habían apostado a la suerte y al esperpento de erigirse en muro de contención contra “la izquierda radical” (PSOE + Podemos + C’s). Argumento tan casposo como las ranas de Esperanza.

La torpeza argumental, entre la soberbia y el victimismo, de Cifuentes dejó de ser reacción política para convertirse en chascarrillo. Y el miedo a que tras el video cleptómano aparecieran posibles multas de tráfico, algún desafuero personal incontrolado, una mano negra o una garganta profunda ignorada, les hizo sentirse al borde de un precipicio sin fondo. Los cadáveres de los armarios -Aguirre, Gallardón, Mato, Bárcenas, González, Granados…-, parecían estar desaforados gritando y pidiendo venganza. Las dos mandatarias escasamente se miraron a los ojos. No tenían entre sus manos otra excusa que la “caza de brujas” y volver a caer en la torpeza de negarlo todo, tratar de convertir lo evidente en posverdad.

Y cristina amasó de nuevo el error. Dimitió inmolándose por su partido sin abandonar el poder interno. Esto es, arrastrando al PP hacia el precipicio, como hizo con la URJC. El baile no ha terminado.

 

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