Nélida Piñón, o como buscar unos ojos azules en una vaca marela

            La narración del Universo sigue siendo reescrita por Nélida Piñón. Ese es el relato que registra todas las genealogías hasta un lugar común inicial, el que habrá que trasladar ab eternum. La historia es la misma que iniciaron los clásicos con los mitos. La que adornaron filósofos, monjes y literatos, desde los ídolos hasta las religiones monoteístas. La que reflejaron artesanos, pintores y escultores en sus obras. La que heredamos oralmente de los antepasados. La que se imprimió en arcilla, en papel de arroz, en papiro, con tipos móviles de porcelana, madera o metal. La que nos hizo más cultos y universales gracias a Gutemberg. La que compendiaron los enciclopedistas franceses. La que revolucionaron Nietzche y otros, matando a Dios. La que tratan de reconducir los físicos, con especulaciones cósmicas. Una leyenda que cada cierto tiempo demanda ser renovada casi con técnica de taracea, colocando fragmentos y conduciendo al propio lector u oyente, protagonista al fin, por los laberintos, por los intersticios, de lo que en verdad merece ser referido. El ser humano reconoce sus limitaciones y sabe que tiene que recomponer sus relatos.

            Es por esto que necesitamos cuentistas ingeniosos y valientes, que colmen nuestras ansias de esperanza, no importa de donde vengan o a donde vayan. La cultura, la transmisión oral, la plástica o la literaria, parten de esos anhelos y, periódicamente alcanzan unos límites. Y a veces el genio emerge, no de una lámpara, sino de una pequeña máquina de escribir Hermes, interesante regalo para una niña brasileño-gallega con inquietudes literarias. Palabra y magia creadora para allegarnos a la vida como seres astutos y conciliadores.

            La ficción de Nélida trata de ayudar al mismo Homero. Trata de hacer comprensible la tradición de los narradores tradicionales. Procura mantener vigentes a sus Penélopes, a los grandes personajes. Absorbe los saberes y los sabores de los dibujos de Altamira, sincretiza los ideales de Cristo e incluso de Lutero, los cantos de los poetas sufíes, los vislumbres de los místicos, las dudas de los agnósticos. En su idiosincrasia, la autora renueva credulidades, fantasías y palabras; dialoga y discute con Luís de Camoes, con Cervantes y con Shakespeare; recorre vericuetos del pensamiento; tira del hilo de Ariadna – e incluso de aquellos con los que se manejaron las cometas de Constantinopla, o los que sustentan los invisibles tendales que cruzan a Historia- para urdirlos con la libertad de los aires cultos, en libros maravillosos. La escritora teje y desteje. Trata de dar respuestas y un sentido actual al viaje de todos los seres, de todos los tiempos, de todas las civilizaciones; de argüir en ires y venires, partires y retornos, en pos de no se sabe muy bien qué salvación, misterio o respuesta a un interrogante definitivo. Así, nos propone una guía desde la reflexión, el saber, la moral y el razonamiento, una ruta, un camino en el que se cuece en cada tiempo nuevo un pan fresco con el que ayudar a sustentar la carne y elevar el espíritu. La suya es una liturgia particular, transparente. Una valiosa aportación para que cada uno ejerza su vida lo mejor posible.

            Tengo la suerte de compartir el tiempo que me regala Nélida. Lo hago con intensidad, con el entusiasmo de quien acepta conocer el valor de cada segundo. Después de la algarabía inicial, en nuestros encuentros, como un ritual, ceremonial y simbólicamente, nos desposeemos de toda careta con la que circunstancialmente hubiésemos podido defendernos en la contienda social, nos despojamos de los tapujos egoístas que emanan por todas partes. Somos nosotros sin más, nos reconocemos, admiramos como humanos, y nos queremos como hermanos.

            Somos naturales, de una espontaneidad casi tribal. Nos nutrimos de reflexiones y nos regalamos improvisaciones, algunas veces muy afortunadas. Nos reímos espontáneamente y en abundancia, en ocasiones hasta de forma estentórea -sobre todo ella, pues quizás su experiencia la hace más expresiva-. Su oralidad me fascina. Es una catarata de inteligencia. Precipita metáforas y pensamientos con una cadencia segura, al ritmo de una fonética brasileña-portuguesa-gallego-española case bailable, emocionante en sus expresiones, misterios e intencionalidades. Su caudal semántico es impresionante. Encauza alejados saberes clásicos, ecos de África, América y Europa, hibridados en Brasil. Consecuente, defiende el mestizaje, laconcordia discors, el acuerdo no escrito entre culturas dispares. Mundana contemporánea, no deja de sorprenderme. Se ha revestido de un saber abisal que comparte. Propone un tranquilo navegar en base al respetuoso entendimiento. A cambio, admite mi humor, espontáneo, original, efectivo.

            Nélida es griega, romana, árabe, africana, celta. En su acción explícita la intención de hacerse entender, de poder ser leída hasta por los que non saben leer, ni los libros ni la vida. Se esfuerza por transmitir lo que ella sabe, lo que aprehendió de los antepasados, de la civilización que se fue haciendo al atravesar los siglos, de lo que leyó o escuchó. Sus intuiciones son barro creador, esencia que se hace cántaro de agua de vida.

            Nuestra manera de ser amigos, de ofrecernos amor fraterno, es tan sensual como podría serlo en una expresión carnal de mocedad si los años no nos desencontraran en dos edades distantes. Nos limitamos a hablar, a mirarnos y a sentirnos próximos en la comprensión do otro, otorgándonos el placer del calor humano, participando complacidos de aprender escuchando, respetándonos de un modo exquisito.

            Me entusiasma su cosmopolitismo y su capacidad para escabullirse de las multitudes. Esto adquiere verdadero valor cando hablamos de un personaje reconocido mundialmente. Su  ejercicio es una introspección vital, el más expresivo uso de humanidad pensativa.  Se ausenta temporalmente de la masa, del ruido, para concebir su obra. Es consciente de que en su retorno a lo cotidiano ha de portar sabias reflexiones. Metafóricamente, Nélida busca sus ofrendas en el afecto. En él encuentra su permanente aldea virtual, cual ermitaña.

            Se sabe ligazón de todas las imaginaciones precedentes. Las continúa con sus aportaciones. Con constancia, recrea su propia mística, sus asombros expresivos, sus adornos. Utiliza un estilo original, identificable, propio. En un plano formal, técnico, opta por la estética frente a los condicionantes de lo estricto. Embute ideas con palabras hermosas.

            Nélida es una intelectual capaz de fabular. Intenta así responder al compendio de los interrogantes acumulados por la Humanidad. Encandila al lector utilizando una literatura que merece ser contada, que trata de encontrar amplitudes para su utilidad práctica, que es luz. Disfruta de una prosa certera y eficaz, resultado de una erudición excelsa, de una experiencia atenta, de un observar ágil. Utiliza substantivos acariciados por las adjetivaciones. Seduce con sus audacias comunicativas, en páginas trufadas de imágenes. Con una prosa lenta, ejerce una especie de juego malabar de intenciones geniales, logra el triple salto en una obra dócil e inmensa. Sus libros son baúles mundo – semejantes a los que soportaban las pertenencias, muchas o pocas, de los emigrantes-, contienen aventuras míticas y humanas que deberán recontar las Sherezades de cada era.

            Mientras crea, recuerda. Aun así, Nélida conoce la fragilidad de la memoria, pero no se asusta. Se siente obligada a legitimar el pasado para sus contemporáneos, para rehacer ilusiones. Le ofrece a los lectores un punto de fuga bello, quizás una redención paradisíaca. Aquí también se muestra cómo viajera eterna, superadora de fronteras, de límites intelectuales, de prejuicios y de ideologías castrantes, de lo impuesto en definitiva. Ahí reside su originalidad máxima: en la elocuencia y en la idea, en la propuesta deslumbrante de las palabras estructuradas con un cierto orden elegante.

            Los viajes de la escritora por la geografía física, al margen de su audacia, son insuficientes sí las comparamos con su capacidad para hacer incursiones en su imaginario, guiada por una libertad firmemente liberal y absolutamente interesada en sus resultados literarios. Lozanos logros, inteligentes, bien esculpidos.

            La Príncipe de Asturias de las Letras, la Premio Juan Rulfo, tiene creencias, convicciones soportables, fruto de la fantasía y de la necesidad de una esperanza. Oscila entre lo que le ofrece el pasado irremediable, lo que le obliga la realidad y lo que le sugiere la agudeza. Es literata que se sabe mujer, un ser humano que coquetea con los significados, los doma y los hace peculiares, incluso digeribles

            Sus indagaciones extraordinarias, su amalgama de elementos simbólicos y conceptuales, nos presentan un ser comprometido con el enigma de la invención, que consigue una escritura útil, y que disfruta de un gusto elegante, refinado. No importa que temática aborde.

            Toda su escritura es una conmovedora y profunda plegaria oral en la que caben: la individualidad culta, la soledad escogida, la vecindad respetable, la designación clarividente, las carencias objetivas, las dudas humanas, las ambiciones como renuncia, la acusación de las miserias, la locura aceptable, la poética del amor, la furia de la carne, los sortilegios de la estética, la maravilla del reflejo, el ser humano cómo geografía, los destinos permanentes de la Historia, los educados fracasos, el arte ilustrado, el Románico humilde, el Gótico esplendoroso, la memoria de los emigrantes, la cultura universal, la libertad de la experiencia, la fragilidad de la masa, la felicidad moral, los rituales, la curiosidad enriquecedora, la palabra como refugio, el retorno al hogar, la defensa del poder arrogante, la decadencia como finitud, los vínculos; las ciudades desdibujadas, entremezcladas, resultado de tanto vagar entre espacios reales y ficticios, propios y extraños, diversos; la metamorfosis de los significados, la visión poética, los ideales, la ductilidad intencionada, el afán fundacional, el mito, la elegancia moral, la revolución de la mujer, los derechos humanos, las contradicciones, la autoestima de los vulnerables, las atrevidas analogías, el pasado asumido, la reflexión imprescindible, a transgresión perturbadora, los sucesos extraordinarios, las perspectivas descubridoras.

            Nélida vive en el permanente oficio de la seducción erudita. Ejerce de chamán, con una dimensión moral. No renuncia la una comedida ambigüidade, estudiada, con la que proponer las soluciones para la barbarie colectiva. Conocedora de la Historia, es consciente de que debemos contenernos, necesitados como estamos de un orden construido, respetuoso, desacralizado, instalado en la generosidad más amplia de la ofrenda. En su obra existe una permanente invitación a vislumbrar la otredad y, con ella, la convivencia, la cultura, la paz y la felicidad posible. Ante ella, estamos delante de un ejemplo del privilegiado ejercicio incuestionable de ser humano.

            Es una mujer polisémica, aparentemente poliédrica, seditabunda de saber para mejor ser, y transparente. Podría representarse con un excelso juego de sutiles capas de cebolla, que esconden vaivenes sentimentales, propios de un latir vital, precipitado y sereno, que se enreda en vericuetos comunes y fantasías excepcionales, prodigio y magia evolutiva, moderna por arcaica, individual y colectiva. No teme a la hoja en blanco, pues disfruta de la elevada arte de intuir resoluciones para cada misterio, de saber tejerlos con palabras. Éxtasis y mística, también oficio y dedicación.

            Desde A Lagoa en Río – ahora, circunstancialmente desde Lisboa-, acompañada por Karla de Vasconcelos, su secretaria y amiga, y los su adorada perra Suzy, y el recuerdo del añorado Gravetinho, observa la vida de seres desesperanzados, de los mismos que supieron engendrar a los dioses para salvarse a sí mismos. Creo que algunas veces, en esa intimidad pervive la aventurera que quiso ser marino, espadachín y soldado real, la que soñaba con protagonizar un western. Todo sucede, mientras escucha música de Mozart, Wagner o Schubert. Entretanto danza con lo cotidiano. Es entonces cuando asciende al Hades, desde la seguridad del hogar.

            Curiosa e inquieta, rodeada de papeles y archivos, reverencia los afectos. Es desprendida, tolerante, compasiva. Tiene un amplio sentido del ridículo y aun uno mayor de celebración. Se muestra en deuda con la inteligencia, con la astucia humana, con el mundo visible e invisible. Atrapa sin disimulos cuanto pueda alimentar su ya portentosa intuición, lo que expande sus horizontes. Es una lectora voraz e indisciplinada. Reconoce una deuda eterna con Homero, pero lo leyó todo: el Antiguo Testamento, el Nuevo, a Sano Pablo, los textos sánscritos. Mucha Historia, de Tucídides a Braudel. Y sigue haciéndolo

            Es anfitriona excelsa, sorpresiva en formas, en la orden del protocolo exacto, nunca estricto. Gastrónoma delicada, consigue aromas extraídos del producto natural, en largas horas de cocción lenta, lo hace como si estuviera escribiendo. Busca hallar para sus invitados la evocación de los sabores de la infancia. Les invita a acompañarlos con un bueno vino y un espléndido final achampanado a la francesa.

            En sus celebraciones, la oralidad se impone cómo alimento central, no del cuerpo, sino del espíritu. Habla, sugiere, escucha, brinda, comparte y cierra los ojos para saborear. Disfruta la buena mesa, el pan y la sal, la empanada de bacalao con pasas, el caldo. Sabe indagar sin heridas en el alma de sus interlocutores, extraer el mejor de cada uno. Ama las vidas aliñadas. La gran labor del escritor es la recolección de excesos, de singularidades, de pequeñeces, de adjetivos, de descripciones, de disparates verbales y de metáforas espontáneas. La cacería propicia bien puede producirse en un postre delicioso. La digestión convertirá un apunte en una obra literaria, antes de que la autora pueda volver a cerrar los ojos para deleitarse.

            A pesar de sus fábulas y experiencia, estoy seguro de que en ella pervive la niña que oteaba el mundo desde lo monte de Cotobade, allá por la Pontevedra interior. San Lorenzo y Borela son sus patrias preferidas, fundidas en la memoria y en el corazón. Ama Brasil y Galicia. De esta última, venera el viento, las vacas, las patatas, los cerdos rubios, el olor a humedad. Es paisana de aldea y cosmopolita de mundos. Mas su cabaña, en la que también es feliz cada vez que regresa, está en Río de Enero.

            Posee una esperanza sabia, incontrolada. Se extiende ficcionando íntimamente el reencuentro con Daniel y Amada, el abuelo de ojos azules, y la abuela de misa diaria; con Isolina, su otra abuela; Carmen y Lino, sus padres. Con sus educadores, Madre Elmara, maestra y amiga; Doña Avelina, prodigioso enlace con la negritude; Simón Oliveira, su librero; Carmen Balcells, su agente y amiga del alma. Con Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Balzac, Víctor Hugo, Machado de Assis, Guimarães Rosa, Clarice Lispector, Borges, Cortázar, Gabo, Carlos Casares y demás componentes de su genética familiar vital o sapiencial. Quiero citar a sus amigos Darío Villanueva, Víctor Freixanes, Luis Tosar, Ramón Villares, Bieito Rubido, Alfredo Conde, Juan Cruz, Carmen Iglesias, Carmensa de la Hoz, Betty Lagardere, los Mariño, los Balcells, los Varga Llosa, los Piñeiro, Cándido Pazos y José Barciela. Aun así debo olvidar, por razón de espacio, a casi todos los escritores, periodistas, intelectuales, artistas, líderes sociales, brasileños o no, de fama mundial o humildes gentes, a los que hace felices con su amistad, siempre buena y generosa.

            En Galicia la espero siempre para volver a buscar unos ojos azules y emocionados que miran a una niña. Podrían pertenecer la Daniel -tiene la mismas letras de Nélida-, a quien el maestro Mateo le otorgó el don del sonreír románico, eterno de la piedra, en el Pórtico de la Gloria. La magia de la vida se puede contar con una sencilla sonrisa, o con una mirada, o con un nombre. Sé que Nélida atesora en su memoria esa mirada azul que un día vio reflejada en los ojos de una vaca marela -literalmente amarilla-. Lo sé porque conozco a mi amiga y la vi escrutar a una rubia gallega en el camino de Santiago de Compostela a Vedra. Fue uno de esos días en los que la vida nos encontró sobre los prados, en la aldea, en un lugar semejante a donde retozan sus recuerdos de infancia. Hablo de una de esas jornadas en las que pude disfrutar la emoción de su compañía, de sus risas, de la conversación culta, demorada, frente a una taza de caldo y a un cocido, ante el fuego de lalareira; un momento de lluvias lentas, bajo el techo acogedor de una casa empapada por fuera y acogedora por dentro. Como en un cuento. Fue con el fotógrafo Carlos Rodríguez, autor de un clásico de la fotografía paixasística mundial, Galicia, instante eterno, en el Mesón de Roberto.

            No hay distancia entre A Lagoa, en Río, o Lisboa, o dondequeira que se encuentre Nélida, y Bertamiráns, en Galicia, donde resido. Esa es la magia de la amistad, de la comprensión, del saber compartir sentimientos, experiencias, lecturas, escritos; bienes y heridas de la vida.

            Nélida es amiga, ya lo dije, del autor de la Ilíada y de la Odisea, y de muchos otros ser relevantes. Es mi amiga-hermana; nos escogimos un día de casualidades afortunadas, en la Plaza del Obradoiro. No hizo falta que nadie nos presentara. En el mismo instante en que se cruzaron nuestras miradas supimos que, para siempre jamás, compartiríamos un viaje mágico. La llevé a visitar la playa de Arealonga en Chapela-Redondela, en donde nací, la Estación Marítima de Vigo, de donde partieron muchos emigrantes para América y a donde ella retornó siendo una niña. Con ella recé a su virgen de la pequeña capilla, allá, en el hermoso puente que acerca Borela al mundo.

            La Literatura es una extraña máquina de coser palabras tratando de conseguir un bordado bello, lúcido, alegre o triste, como nuestro discurrir. Unir la Homero con una vaca gallega justifican un oficio que permite contar una y otra vez, como lo tejer y destejer de Penélope, como las narraciones de Sherezade, como el decir eterno y callado de los gallegos, como la noche sucede al día. Nélida es una gran señora, una insuperable amiga y, también, una reconocida y universal literata, en la que afortunadamente pervive una niña sabia que sueña con un mito: una vaca amarilla cuya mirada de siglos refleja también los ojos azules del abuelo Daniel. En esos ojos del color del cielo y del mar cabe la Historia, con todos sus cuentos. Nosotros la narramos puntualmente, con Galicia siempre en el corazón, intentando que se produzca una catarsis.

 

Alberto Barciela es periodista

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