La adquisición y ejercicio del poder

Por qué tantos ponen en la adquisición, ejercicio y mantenimiento del poder tanto interés? ¿Por qué  tanta adicción al poder? ¿Por qué cuesta tanto abandonar el poder? ¿Por qué ese especial atractivo que tiene el poder para tantas personas?

Como punto de partida hay que tener en cuenta que el poder, el verdadero poder, es un instrumento de servicio a la gente y,  por ello, cuando se tiene claro que el poder debe ir acompañado de un ambiente de integración, de diálogo, de mentalidad abierta, de búsqueda de soluciones y de sensibilidad social, entonces el poder reclama a personas entrenadas en estas cualidades democráticas.

Desde muy antiguo, la pasión por el poder ha sido objeto de muchos libros y comentarios. Se trata de la pasión por el mando que, rectamente orientada, no tiene nada de particular. Como escribe Cervantes en  su célebre Don Quijote: “Yo imagino que es bueno mandar aunque sea a un hato de ganado”. Ahora bien, esa “bondad” del poder se justifica en la medida en que su ejercicio desprenda ese aroma del servicio a la gente y de cualidades democráticas que hoy espera la ciudadanía de los que representamos al poder público.

El poder público por excelencia que es el poder ejecutivo, se ejerce porque la sociedad ha confiado el gobierno de una nación a un partido que representa unas determinadas ideas. Y, por tanto, los que gobiernan deben tener ese programa político como la guía de acción para llevarlo a la práctica con el consenso técnico de los que administran.

Cualquier persona que haya ejercido en algún momento el poder o lo ejerza en la  actualidad sabe lo cierto de las palabras de Garcia de la Huerta: “¡Que gustoso es el mando, aun en el medio de peligros!”. Pero siempre que se anteponga el bien de todos al bien propio.

La historia demuestra que se está en el poder para dos cosas: para servir al Estado o para servirse a uno mismo. Por eso, quien manda debe preguntarse antes de tomar una decisión si se va a beneficiar la gente, o si solo se beneficia el dirigente. Un gobernante debe tener la capacidad crítica de examinarse con frecuencia sobre la causa de las decisiones que adopta.

En el ejercicio del poder, como escribió Tostoi, hay que tener presente que “en este mundo, el poder es un capital que hay que manejar con cuidado”. Por eso, la moderación y el equilibrio son dos cualidades democráticas básicas.

 

Jaime Rodríguez-Arana es profesor de Derecho Administrativo de la Universidad de Santiago

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