La doctrina Cifuentes o cómo obtener un título universitario sin hacer nada

Hace un tiempo, era conocido el hecho de que en los anuncios para proveer determinadas plazas que requerían título universitario en empresas o instituciones, se advertía que los egresados de una determinada universidad española deberían abstenerse. No la cito porque creo que ese tiempo pasó. Por ello también espero, deseo y confío en que los estudiantes de la Universidad Rey Juan Carlos no padezcan las consecuencias de ese inmerecido baldón que injustamente les ha caído encima a ellos y a sus profesores.

Pero, claro, una universidad cuyo rector anterior cometió el más imperdonable pecado que se pueda dar en el ámbito universitario, que es plagiar a otro en un trabajo académico que debe ser rigurosamente original, sin mostrar arrepentimiento o reconocer su errores, ya era un mal episodio precedente. Pero se perfecciona cuando se nos brinda el espectáculo de los apaños en torno al no habido master de la señora Cifuentes, y el posterior pasteleo para encubrir la falsedad, mediante un delito previsto y castigado en el Código Penal que es sencillamente pavoroso. Todo esto nos deja perplejos. Hasta las trampas hay que hacerlas mejor.

Porque el “Caso Cifuentes”, aunque ahora lo llamemos así, no es un incidente administrativo, es un síntoma de un modo de hacer las cosas, cuyo alcance y efectos requería no sólo una aclaración judicial, sino una serie de acciones administrativas por parte del Ministerio de Educación y la propia Agencia para la Calidad de la Enseñanza Universitaria, tan rigurosa y exigente en otros casos.
Pero es que además es un síntoma de que no existe tal propósito de regeneración moral en el PP, por lo que este partido pierde una ocasión de oro de convencernos de lo contrario. El amparo brindado a la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, su resguardo, protección y auxilio, la torpeza de Rajoy sobre sus explicaciones vacuas, y, sobre todo, la inmoralidad formal de echar la culpa a otros, denotan que seguimos instalados en el mismo modo de entender la política y fiarse de que los españoles, porque tememos que otras soluciones pueden ser peores, seguirán prefiriendo lo malo conocido.

Más allá de todo lo dicho, lo más perverso de la “Doctrina Cifuentes” es que esto no fue un hecho aislado, sino un modo de pasteleo para hinchar las biografías de un personaje que vive de la política, atribuyéndole conocimientos y recursos que no posee. Claro que no es el único caso, en las cuadras del PSOE y de otros partidos, como Podemos, abrevan alazanes de la misma mentira, percherones y yeguas del mismo engaño. Sujetos de biografías inventadas; mentirosos sin decencia que si mienten en lo más cercano y próximo sin rubor, ¿a qué otras tropelías no se avendrán?

Como dijo Indro Montanelli, “cuesta votar, aunque sea tapándose la nariz”

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