José María Barreiro y la fábrica de colores

        Hay árboles y rumores de agua y Meninas que juegan con una perra blanca y negra y con un gato pintado. Son testigos de historias que se entrecruzan sobre una bahía prendada de sus islas. Fue la casa de un corsario esclavista y es un entorno acogedor de tertulias de bohemios escritores, pintores, músicos, fotógrafos, periodistas, médicos. Es también un hábitat propicio para la creación y la celebración de la amistad, y un hogar en el que resulta casi fácil ralentizar la vida entre prodigios naturales y hallar instantes de plena felicidad.

        El jardín con alfaguara surge bajo el verdeamarillo del limonero y el azul de un cielo infinito, rojo anaranjado en el ocaso. Hay quien afirma que en ciertas noches llega a observarse el blanco resplandor de la Gran Manzana sobre el Archipiélago de Ons. Fantasía y buen whisky ayudan a intuir la posibilidad de Pernanbuco o de La Habana. Es un mundo asombroso y existente, un pequeño microcosmos de escaleras infinitas por la que dejarse llevar hacia la imaginación. La geografía nos sitúa al pie mismo de los viñedos, en donde nacen los magentas y los marrones.

        Hasta la cumbre se llega tras la huella de los ancestros. Los marcos de piedra delimitan el camino, significando la  propiedad de cada centímetro de tierra. Ahí permanecen intactos desde mucho antes del Siglo XII. Entonces la Iglesia católica, tratando de hallar el Paraíso, conquistó el cielo de Cela. Las señales pétreas, casi enterradas, como con disimulo, acotan cada terrón de superficie no murada, de un suelo codiciado por su feracidad, generoso, exuberante. El lugar se descubre asombrado de sus propias panorámicas. En cada finca surgen vides centenarias de Tinta Femia, el caíño pleno de salinidad y frutas rojas; maíz y plantas de la patata llegados de América con los conquistadores. Como por encantamiento emergen cebollas, tomates o pimientos, condimentos esenciales para las codiciadas caldeiradas de pescado de Bueu. El paisaje y sus frutos se alían para ser paladeados.

        Hace siglos que en Cela todo permanece embelesado, tan fascinante como en la época, no tan lejana, en que los Massó llegaron con sus conservas herméticas, cuando desde ese altozano era posible avistar cetáceos tras la cala de Beluso, sugerencia y  antesala de la Ría de Aldán, de la Costa da Vela, de los cabos Udra y Home, de las Islas Cíes. A lo lejos, Ons, con su faro; al otro lado del mar, Sanxenxo y Portonovo, a distancia suficiente pada desdibujar su desairada modernidad; el perfil de la ría reconforta y sonríe en sus arenales blancos, contraste del verdiazul transparente de la mar.

        En la ascensión hacia Cela se disfrutan castaños, carballos y pinos, sobran eucaliptos. La dulzura del conjunto se impone, como en toda Galicia. Tras superar la capilla de Santa María se intuye la proximidad de la casa del pintor, la que fuera también propiedad de un próspero emigrante cubano.

CASTROVIEJO, CUNQUEIRO, LAXEIRO

        Es legendaria la hospitalidad de ese lugar adornado de historia. Acogió a muchas personalidades, singularmente a José María Castroviejo, Laxeiro o Álvaro Cunqueiro, tres gallegos eruditos, creadores de mundos, imaginativos diletantes; cuentistas amantes de la conversación demorada; tres saboreadores agradecidos de viandas y de la vida, chimpatazas divertidos; tres seres anclados a la tradición y abiertos a las vanguardias, ideólogos discrepantes, críticos autorizados, reconocedores de la obra ajena; tres herederos de esa especie en extinción, la de gallego sabio; tres conocedores del eficaztransacordo, humanos nostálgicos, morriñentos, saudosos; tres devotos de amistades, singularmente la de José María Barreiro, su anfitrión; tres miembros figurados de una tripulación de filibusteros a las órdenes del pirata pontevedrés Benito Soto si hubiese que defender al afecto; tres hombres bos e xenerosos.

        Es seguro que un día claro y caluroso, bajo el magnolio, con camarones, vino de Cela y pulpo y tetilla con membrillo y fruta fresca y sombrillas y chistes picantes y risas, bajo el porche del estudio, sus voces adquirirían ya el tono de exaltación de la amistad, para hablar de gastronomía, mujeres hermosas como sirenas, falsas y verdaderas conquistas amatorias, colores, adjetivos. Conversarían en gallego, en castellano y en lengua laxeiriana, cantarían en las mismas lenguas y ejercerían los dones de la universalidad y el arte. Uno de esos días, es seguro, proclamaron a Galicia no como un país, siquiera como una región o un territorio fronterizo, la revelaron como un continente, un mundo, un universo con todos sus microclimas, acentos y culturas emergidos en cada valle desde el Miño al Eo, desde Verín a Finisterre; como un lugar cosmopolita, capaz de mil primaveras más para su lengua, su pintura y su poesía. En esa jornada, en la que se exaltaría la naturaleza mística de la tierra nutricia, Madre y Señora, según Ramón Cabanillas, se homenajearía a las mujeres gallegas, a Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, Rosalía de Castro, Maruja Mallo, Sofía Casanova. Esa jornada u otra similar se confirmó el efecto prodigioso del Tinta Femia, la capacidad de acentuación de la genialidad de un vino de sangre azul, tonos magenta, y sabor a hermandad.

        Se cuenta que mientras escuchaban en un viejo gramófono el Himno del Antiguo Reino de Galicia, a la hora en que el astro rey acariciaba ya al Atlántico, a punto de consumarse el milagro de la noche, Cunqueiro, elevando al cielo una taza de tinto de Cela, en señal de agradecimiento a la verdad de los días, dijo que los vinos, además de probarlos, hay que oírlos. Emocionado, José María Castroviejo se confirmó “de la raza de los dólmenes y las ballenas” y encontró a las musas de sus “Paisajes Iluminados” -en donde habla de la casa-. Y Laxeiro, con su estentórea voz, con su sabiduría de viejo barbero ambulante, ante un cuadro de su querido hermano Barreiro, sostuvo que “la pintura será eternamente un milagro del hombre de hoy, como lo fue para el hombre de las cavernas”. Todo esto es verdad y también es evocación de un tiempo en el que los genios pertenecían a la especie de los racionales, divertidos e inteligentes, a los que se dejaban gobernar por el sentido común y la inspiración, y proclamaban la alegría sin retraimiento.

        Cela es lugar privativo de dioses, favorecedor de la creación eminente, observatorio privilegiado en el que entreverar plumas y pinceles, palabras y trazos, dichos y dibujos. De ahí parece extraído el Laranxeiro del pintor de Lalín, allí parece morar todavía el Merlín del autor de Mondoñedo, en ese preciso lugar sitúa el Señor de Tirán la morada del bucanero Benito Soto y ahí es en donde José María Barreiro abre ventanas a todos sus mundos, incluso a los reales.

        En la memoria del pintor de Forcarei permanecen siempre Manuel Torres, valedor de su primera exposición en Marín, y Urbano Lugrís, con el que compartió taller y realizó obras a cuatro manos, como el pirograbado Vista de Vigo. Ellos, sin estar presentes, también participaron de aquellos encuentros.

LA CASA DE LAS COSAS

        Nadie recuerda la primera vez que se llega a la casa, quizás porque cada visita se convierte en inaugural. Pero, ahora, al descender la primera de las escaleras, reciben afectuosos José María Barreiro y Amparo. Es el primer porche, ante un banco de madera, corrido, con un San Telmo de piedra abrazado a un barco, en un ámbito reservado a esculturas de Buciños, Pazos y otros. Una amplia puerta deja paso al hogar cálido, presidido por dos hornos, uno de pan, y la chimenea, antepuestas la larga mesa y las sillas de maderas nobles.

        La antesala se ha enriquecido con esculturas. La alacena, lozana y antigua, parece enorgullecerse de su graciosa delicadeza, sugerente, de madera, mármol y cristal, atesorando lozas de fina porcelana, con pocillos colgados. Un teléfono antiguo y puertas avidriadas, floreadas por la mano del pintor, completan una escena a la que asisten divertidas unas graciosas marionetas mexicanas.

        En la casa varada en la montaña, el primer salón semeja el gabinete de un capitán de nao. El eje es una ancha escalera de madera, acceso a la privada cofa. Encalladas en esquinas perfectamente delimitadas surgen sendos escritorios atestados de recuerdos, huellados por un uso frecuente. Al vadear la infinita cómoda de marquetería, cobijo de la colección de postales antiguas pintadas a mano, se alcanza con sorpresa una reja de convento, de madera y luz, con comulgatorio practicable. Al sobrepasarla se arriba a la libertad de otro compartimento, la sala de estar y charlar y tomar café y jugar cartas y leer, con una vitrina repleta de pequeñas exquisitas miniaturas de marfil, esmaltes, Cristos románicos sin cruz, y una biblioteca rica que completa a la del salón. El minibar permanece disimulado a modo de santabárbara, justo a una videoteca de películas seleccionadas, documentales de viajes y de golf. En ese puente de mando, lo práctico se asocia a lo bello para confortar los cuerpos acomodados en el sofá, bajo espléndidos dibujos de Barreiro. Y la nave va.

        En la casa hay abundantes huecos en los anchos muros de piedra. Uno, dos, tres, cuatro. De un vistazo se pueden alcanzar todos los horizontes, Norte, Sur, Este y Oeste. Pero precisamente falta la ventana de los cuadros, la que desde el salón principal se abría de par en par a Poniente, al atardecer, al océano, a las islas; la que una y mil veces Barreiro ha recreado en sus obras, presidida por bodegones o fruteros fascinantes, sobre una mesa camilla, con o sin silla, con gato o sin micifuz, con guitarra o piano negro o rojo o un bucólico acordeón. Ahora esa abertura fascinante es una puerta a la nueva galería, a un espacio sosegado, impagable tragaluz. La casa ha crecido en dirección al inmenso mar. El resultado semeja un trampantojo, un truco escénico que permite emular a las aves sobrevolando la bahía. A la izquierda existe un pequeño gabinete, apenas escondido tras una librería, refugio de apuntes y desvaríos. En el lado contrapuesto, una pequeña  mesa, más allá un cómodo canapé, todo invita a escribir, dibujar, leer, pasmar o siestear justo a la altura del limonero, escuchando a los pájaros, bajo una obra casi naif.

        En la bajada al teórico pañel hay cuadros también muy bellos, reconocimiento a los colegas, recompensa de mil búsquedas, de algunos intercambios, de amistosos regalos y máscaras africanas, recuerdo de travesías de José María Barreiro y Amparo por el mundo. Pero, ¡oh, divina sorpresa!, algo retiene el descenso, la ventana reaparece más espléndida que nunca, representada en un cuadro del anfitrión, sobre la cómoda de las postales, guarecida junto al dibujo de unos bailadores de tango, apunte entresacado en uno de los muchos viajes a Argentina, regalo enamorado para Amparo, un día de días, de esos en que, aunque no se aparente, los años se suman a la vida. El tragaluz existe, está ahí gracias al prodigio del arte, a la recreación inspirada del artista.

        Las casas se van haciendo, siempre son las mismas y nunca son iguales. Brotan de sus habitantes, se caracterizan con sus vivencias, se adhieren de la evocación de cada cosa, en cierto modo se circunstancian y acaban por parecerse a sus dueños. Hay hogares que medran en su propia inmensidad, que como los árboles, como los artistas, se agrandan para albergar a las ensoñaciones. En este, el antiguo estudio se ha redefinido como galería de cuadros, grabados, esculturas, abre su puerta vidriada a un porche. Es allí, en la mesa de jardín, en donde mejor se aprecia la suave brisa marina; se une el ritmo borboteante de la fuente baja, rumor de sugerentes infinitos, ritmo de la naturaleza exuberante que el artista sabrá atrapar en su paleta de colores.

        La casa de las cosas es muy acogedora en todos sus ámbitos. El conjunto es una composición abigarrada, aparentemente barroca, un espacio que emerge con sus formas entre luces atlánticas, músicas, evocaciones viajeras, libros, relojes, muebles, cúmulo de una vida apasionada y coleccionista.

LA FÁBRICA DE COLORES  

        En las construcciones aledañas, tras cruzar un hermoso patio, con nueva fuente bajo la balconada del recibidor, se deja a la derecha un amplio y secreto almacén de las obras acabadas. Tras subir cuatro o cinco escalones se accede a un espacio cálido, bañado por luz del Norte, natural, alta, sin sombras. Es una habitación exenta, con las paredes de color neutro, como un contenedor de instantes primigenios no circunscritos ni al tiempo ni al lugar exactos, pero en el que todo está como plasmación de una evidencia que, paradójicamente, no se sabe si es real o ilusoria. Hay un reloj sin horas, aquí todo discurre al ritmo de las pinceladas. Es el taller del artista.

        Un estudio es otra obra de un pintor, una secuela de su trabajo, definitoria. El de Barreiro es además una representación intencional de su mejor creación. Cuadros finalizados o a medio ejecutar; molduras y bastidores; moquetas salpicadas de pintura; caballetes; bocetos apilados con croquis y apuntes; un cartel en blanco y negro de una exposición en La Casa de la Parra de Santiago de Compostela, en el que aparece el artista con sombrero, sentado en el suelo, en una magnífica fotografía de Amparo; la bata, antes blanca, moteada de colorines, comparte un perchero desvencijado con sombreros diversos. Hay pinceles, tubos de pinturas, botes mezcladores, barniz, aceite secante.  Se intuyen momentos de reflexión creativa, y otros de creación pura. No hay distancia entre los grandes y los pequeños formatos, entre el lienzo y el papel, entre las cosas, el artista y la obra.

        Como por ensalmo se suceden un acordeón Hohner rojo, una guitarra, un gramola La Voz de su amo, ilustrada con loros, todo bien acomodado sobre un sillón de mimbre o encima de un evocador baúl mundo cansado de trajines, atestado de no se sabe muy bien qué experiencias. Los instrumentos permanecen callados, afónicos de tantas nostalgias arrabaleras, acompañando a sillas, dibujos eróticos -posiblemente destinados a la colección particular del autor-, un fondo recién pigmentado en corinto, la maqueta de una escultura. Faltan la jaula y el pájaro, y el plato con peces.Todo lo demás es reconocible, ha sido trasladado a cientos de creaciones. ¿O es al contrario, y todo ha sido extraído del espejo de la fantasía?

        El taller de Barreiro es un gabinete de maravillas, un espacio espiritual, un refugio de interiorización, pensamiento, inspiración y expresión, una caja mágica; la balanza sobre la que se equilibran todas las verdades que definen al artista, aquellas que hacen a sus obras inconfundibles, que las circunscriben a una única inspiración, a una plasmación genuina, a la originalidad, y acaban por precisar un estilo. Caos y orden, la fórmula exacta de la creación.

        Todo uno. El taller es en sí una escuela pictórica, una lección magistral, una autorretrato de la obra y de su autor. Es una escena fresca, en la que pueden apreciarse una Menina que comienza a desvestirse tras un bodegón, en tanto un cuarteto de cuerda en el proscenio interpreta un adagio de Albinoni o composiciones del propio Barreiro.

        Un gato salta hasta un apunte, y de ahí a la tela y, por fin, decide integrarse sobre una sitial y para siempre a la eternidad de lo bello. Al lado se descubren los trazos de un Vigo, con un enorme jarrón que lo homenajea con flores hermosas; o un anochecer en la Compostela de Santiago; o un velero que se adentra en una Pontevedra realizada con minuciosidad puntillista; o un circo que brota bajo una carpa blanca y roja; o una verbena con gaiteros. El minino quiere participar de todos los universos barreirianos, maullarle jugando divertido con los rojos, los azules, los amarillos, los blancos. Uno llega a pensar que el gato es el propio pintor idealizado, el mago del color, el domador de las formas, anhelando permanecer en sus obras. El paisaje les observa a través de los inmensos ventanales y aplaude con el ruido leve de la brisa y las hojas inquietas.

        Algún día, el taller de José María Barreiro en Santa María de Cela, sobre la Ría de Pontevedra, será un templo clásico de la pintura, un espacio para creer en una estética posible, plausible, encomiable, que nace desde el dibujo, se bosqueja, se corrige y se perfila, y que termina por proteger a las cosas de su propia decadencia. Esos objetos llegaron a Cela para ser retratados en paisajes o en bodegones, sobre lienzo o en un sencillo cartón, incorporándose así para siempre a la vitrina de los privilegios eternos y a la casa.

EL BARREIRISMO

        Usa coleta con cierta asiduidad y al decir de las mujeres es coqueto en sus maneras y un nostálgico bohemio. Buen compañero, padre y abuelo, amigo de sus amigos, anfitrión codiciado, compositor y cantante aficionado y un ser de amplias experiencias, que tiene la ambición de la juventud setentera. A veces, en sus retratos, aparece con una mirada un tanto bucólica, posiblemente algo melancólica, sólo disimulada por una sonrisa amplia y generosa. Sabe escuchar, contar, reír, abrazar, tocar la guitarra, jugar al golf y pintar mientras admira la obra de sus colegas o defiende con firmeza su criterio. Así es Barreiro en estado puro, un ser nacido en la Galicia interior que mira al mar desde su casa de Cela, la casa de sus cosas y de las de Amparo, el hogar de sus vivencias más creativas, su punto de fuga vital, el eje de todas sus perspectivas, en donde convergen el hombre y el artista, entre su pasado, su presente y su futuro.

        El barreirismo surge de una personalidad, de una inteligencia, de un manantial humano caudaloso en actitudes, pensamientos, sentimientos y criterios, que se definen en una conducta y que procuran una actitud inteligente y bondadosa. Como no podía ser de otra forma, la obra de Barreiro emana en el hombre y en sus circunstancias, de una vida huellada por otros saberes, adherida de sus visiones particulares, de sus presentimientos y emociones, de la admiración por la obra de los clásicos, de los impresionistas, de los rastros de París, Buenos Aires, Nueva York, Miami, de la influencia de su entorno inmediato, y también de su formación técnica, espontánea, buscada.

        En Barreiro hay un Velázquez, y un Cezanne, y un Matisse, y un Picasso, y un Lugrís, y un Laxeiro, y un anónimo joven pintor de la Place du Tertre en Montmarte; hay un Borges, y un García Márquez, y un Cela, y un Castroviejo, y un Cunqueiro; hay música de Albinioni, letras de Carlos Gardel o de Cafrune, acordes de Paco de Lucía y también el gaitero de Soutelo de Montes. Todos concurren en una personalidad excepcional para incorporarse en una obra absolutamente singular.

        Y vuelve la magia, y la ventana que ahora ya no existe más que pintada se reabre de par en par para que el mundo se admire de sí mismo. En un hotel de Egipto, en un rancho californiano, en una galería de Miami, en un museo, un Barreiro es un Barreiro, incorpora en él identidad y es capaz de generar luz y alegría. Eso es quizás el barreireismo, la expresión plástica de un sentimiento grato de la vida, un hallazgo estético que produce placeres visuales y espirituales genuinos, que se hace único en una expresión artística reconocible en los apuntes, en todo dibujo, en cada óleo, en el conjunto de una trayectoria.

        La obra del creador, del artista, del dibujante, grabador, escultor, ceramista, compositor, diseñador de Forcarei es ya historia del arte. No hace falta que  discurran los siglos para reconocerlo, es suficiente con abrir los ojos y la mente, con desrutinizar tópicos complejos, eliminar prejuicios, depurar trivialidades, considerar el mérito inconmensurable de una trayectoria lucida; es tan sencillo como admirar lo que se nos ofrece.

        La magia no se explica, para entenderla hay que acercarse a la costa de Bueu, descubrir por qué las meninas decidieron trasladarse allí para habitar entre palmeras y camelios, para charlar con Laxeiro, Cunqueiro o Castroviejo, entre evocaciones de un pirata; para saborearla hay que fondear en la manantial del jardín de la casa de los cosas, beber una taza de Tinta Femia, descubrir la fábrica de colores y entonces abrir, como el gato, los ojos a lo que se ofrece enmarcado en una ventana prodigiosa: elevada belleza.

 

   Alberto Barciela es periodista

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