Ella y él

 

​Es el título de un viejo y célebre tema de mi benquerido José Luis Perales. Una de sus típicas canciones de desamor. Pero no la traigo a colación aquí por razones musicales, sino por muy otra situación que nada tiene que ver. Me refiero más bien al embrollo que están viviendo desde hace nada menos que un mes Cristina Cifuentes y el rector de la URJC, Javier Ramos, a propósito del inverosímil máster de la de momento presidenta de la Comunidad de Madrid. No lo han podido hacer peor. Ella y él.

​Tras su obstinada huida hacia adelante, ella ha terminado por renunciar a un título académico menor que no sólo no le ha aportado saber académico alguno, sino que muy bien puede ser la tumba de su brillante carrera política en ciernes, termine como termine el nada edificante episodio en curso. Lo que no se entiende es por qué no lo hizo ya desde el primer momento.

Y él ha pedido perdón de sus pecados en un simple artículo periodístico en el que reconoce hechos “de una gravedad extrema” y promete hacer de la Universidad Rey Juan Carlos referencia “en el marco ·de la ética y el buen hacer”.

​No sé quién le podrá cesar a él, si es que tal eventualidad existe. Pero para ella está claro que depende de la sugerencia o empujón que le dé el presidente del partido y del Gobierno, Mariano Rajoy. Éste preferiría la dimisión voluntaria de la presidenta madrileña y no hacer un acto de fuerza política; de esos que tan poco le gusta protagonizar tanto fuera como dentro del PP. La dimisión, no obstante, no está descartada.

Cuesta creer, sin embargo, que habiendo movido ficha en su día en Murcia, no lo haga ahora con Madrid y se avenga a perder la joya territorial del partido a través de la moción de censura promovida por el PSOE. No resulta, pues, descabellado pensar que se pondrá a ello a tiempo; cuando él y el partido lo consideren oportuno y no cuando y como los desabridos dirigentes de Ciudadanos quieran. El entreacto que en estos momentos se vive no debería interpretarse –creo- como un apoyo o un suministro de oxígeno del presidente a Cifuentes, sino simplemente como eso: como un compás de espera, como una resistencia táctica hasta que llegue el momento.

Los partidos no suelen entregar fácilmente a sus rivales cabezas de primer nivel y menos cuando éstos las exigen a golpe de ultimátums y desconsideraciones fuera de lugar. Elemental en el toma y daca partidario. Acusar a Rajoy de “avalar delitos” o de “protección a los corruptos” como han sugerido fuentes del entorno de Albert Rivera, cuando la Fiscalía lo está todavía investigando, significa sobrepasar todas las líneas rojas de la praxis y corrección políticas.

Además, no pocos cuadros dirigentes y electores del PP presionan a la cúpula de Génova para que no ceda ante Ciudadanos sin al menos dar la batalla y ofreciendo la impresión de cesión incondicional ante quien tantos agravios les está infringiendo. Están –dicen- muy hartos.

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