Elogio del retrato

La sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, que absolvía del delito de odio a unos mozos catalanes, condenados a quince meses de prisión por quemar unos retratos de Juan Carlos I y Sofía de Grecia, llegó muy tarde. Demasiado tarde para mi condiscípulo de primero de Bachillerato, Pepito Cabeza, sancionado sin recreo durante dos trimestres, a rezar en público un Credo, antes y después de entrar y salir del cole, y a escribir mil veces “no volveré a romper ninguna estampa”.

Efectivamente, Pepito aterrorizado por la imagen de una Dolorosa mostrando su corazón de oro, atravesado por siete puñales, no pudo evitarlo y destrozó la efigie repartida por una monja en el aula. Pepito nunca fue absuelto de aquel terrible delito de profanación y el estigma pesó sobre su personalidad al menos hasta que desapareció de nuestro colegio. Para siempre fue apodado “el de la Virgen rota”, luego “el de la rota” y finalmente, a la altura de la reválida de sexto, “Cabeza rota”.

Y es que en este país de iconoclastas damos mucha importancia al retrato. Somos como aquellos aborígenes de las selvas de los Andes, quienes creían que parte del espíritu del personaje retratado quedaba apresado en el papel. O aquella Carmelita López, de Cádiz, que trató de deshacerse de la mujer de su amante clavando alfileres al retrato de bodas que les robó. Puro vudú andaluz. El final del triángulo fue trágico pero con otras maneras.

Por tanto, la experiencia debiera enseñarnos que andar a patadas, fogonazos o tijeretazos contra las representaciones de humanos o de símbolos, alcanza escasos objetivos. Creo que ni aquellos mozos catalanes contribuyeron a la abdicación de Juan Carlos con su fuego purificador. Ni que Luís Bará, el parlamentario del BNG, haya conseguido dar un paso en favor de los nacionalismos rompiendo las fotos de Felipe VI en el parlamento gallego. Son gestos que propician dos cosas, la indignación de los contrarios y la risa vacua de los propios. Y ambas actitudes representan dos líneas divergentes a favor de la insolidaridad y de la falta de entendimiento.

La mayor parte de lo expuesto por Luís Bará en la tribuna puede suscribirlo cualquier demócrata y es cierto que, sin el rasgado de las fotos, lo dicho no habría pasado del acta de sesiones. He ahí la gravedad de la política teatral que padecemos. Lo importante no es el contenido del discurso, sino la foto del acto. El retrato que serviremos a la hoguera de las vanidades, al cebo para los votos y a la valentía revolucionaria de los indignados hoy y absorbidos por el sistema mañana.

Nadie cree que romper las imágenes de Felipe VI, en una tribuna parlamentaria o en una manifestación, conduzca a la Tercera República ni a la España federal, sin embargo sí es verdad que mientras se sigan interpretando como delitos los sentimientos, políticos o religiosos -que cada año superan más de 1.500 condenas- estaremos acrecentando las divisiones sociales y cada vez más cerca de ver la bandera tricolor ondeando en la Moncloa. Y especialmente si la sólida respuesta, como hizo Alberto Pazos del PP, consiste en romper otra foto de los nacionalistas con Arnaldo Otegui. Aplaudamos y elogiemos el papel de las fotos rotas, es el número que ahora toca en el circo político nacional.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar