Bendito sea Dios

De acuerdo con la transcripción del Diario de Sesiones, hasta en diecinueve ocasiones hubo de pedir silencio la presidenta del Congreso, Ana Pastor, en el pleno del jueves. El orden del día incluía sólo cuatro puntos; tres de ellos en principio no especialmente controvertibles y un último, sí, más dado al rifirrafe parlamentario por aquello de tratarse de un informe sobre régimen y financiación de los partidos políticos.

Lo reseñable fue que los ruegos se produjeron tanto en uno como en otro bloque de temas, hasta el punto de que al llegar a la duodécima advertencia la presidenta se tomó el pequeño desahogo de preguntarse si los diputados padecían alguna “crisis de amnesia transitoria” a la vista del poco o ningún caso que hacían a sus reiteradas exhortaciones de silencio.

Están ustedes dando muestras de que se pueden hacer las cosas muchísimo mejor”, se quejó un poco más tarde. Y cuando después de cuatro horas largas pudo levantar la turbulenta sesión, un “Ay, bendito sea Dios”, mitad alivio, mitad lamento, se le escapó de los labios, tal como recogieron los servicios de megafonía interna de la sala.

No fue, con todo, una sesión muy distinta de otras. Y es que la pérdida de formas y la excesiva crispación de los debates incluso en cuestiones nimias están haciendo ingobernables las Cámaras, especialmente el Congreso. No puede generalizarse el reproche a todos los grupos porque tales comportamientos suelen tener casi siempre los mismos apellidos. No pudo con ello Patxi López en la anterior legislatura y no puede con ello en ésta la señora Pastor.

Lo grave es que la agitada y anómala situación se repite en otros Parlamentos. Sin ir más lejos, en nuestro Pazo do Hórreo el diputado del Bloque Nacionalista Galego por Pontevedra Xosé Luis Bará, filólogo, profesor, concejal de la capital y ex director general de Difusión cultural con el bipartito, rompió desde la tribuna de oradores dos retratos del rey Felipe VI en el curso de un debate sobre la llamada ley mordaza.

Bien sabía que después de la doctrina al respecto del mismísimo Parlamento europeo su gesto no iba a merecer reproche penal alguno. Y no lo ha tenido en aras de la libertad de expresión y de la inviolabilidad que asiste a los diputados en el ejercicio de su cargo. Todo quedará, por lo que parece, en una llamada al orden; una amonestación sin mayores consecuencias y a toro pasado, con lo cual lo hecho, hecho está, al margen del obligado orden, cortesía y disciplina parlamentarias. Sobra decir que tampoco estuvo a la altura debida la réplica con una acción parecida por parte del diputado del PP Alberto Pazos.

Lo que muchos, no obstante, nos preguntamos es por qué el presidente o moderador de turno de la sesión suele dejar hacer sin advertencia verbal o llamada alguna al orden in situ. Dan la impresión de que tienen miedo a imponer la autoridad. No se entiende que en el pleno del jueves se permitiera a Bará colocar la bandera del BNG en el mismísimo atril de oradores. Sólo se le requirió para que la retirara cuando abandonaba la tribuna. ¡A buenas horas!, cuando el numerito y la ofensa a la primera magistratura de la nación ya estaban consumados.

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