La encina como metáfora

Cuando un logo o representación gráfica de una marca necesita explicación, malo. Quiere decir que no ha logrado su objetivo o razón de ser: descubrir de un golpe de vista su significado. Es lo que ha sucedido con la encina que sustituirá a la clásica gaviota como símbolo de la convención que el Partido Popular celebrará en Sevilla dentro de unos días. Será, con todo, un logo circunstancial, sólo para el evento en cuestión.

El coordinador general del partido, Fernando Martínez-Maillo, ha tenido que aclarar antes que nada que el aparente árbol bicolor a estrenar quería ser una encina. Y luego, los motivos de elección de la misma como símbolo gráfico: “Árbol –explicó- robusto, que aguanta todo, de raíces profundas, tronco poderoso como la fuerza de nuestros filiados y ramas extendidas, al igual que nuestra organización por todos los rincones de España”. “Metáfora perfecta.

Representa –concluyó- la apuesta por el futuro, la vida y la fuerza que proyecta el PP”.

Tiempo faltó a la jauría política y mediática que acosa estos días con renovados bríos a Rajoy y al partido para sacar a relucir los aspectos negativos del considerado por los griegos y romanos antiguos como símbolo sagrado de solidez y longevidad: chaparro, de talla mediana, pardo y oscuro, anodino, sin esbeltez ni gracia. En fin, toda una desgracia, valga el pareado.

Personalmente, me quedaría con aquella simbología que de laderas y altozanos de mis tierras castellanas cantó don Antonio Machado: “Humildad y fortaleza. Negra encina campesina; encina de la llanura, del cerro y de la montaña, siempre firme, robusta y serena”.

Desde el punto de vista técnico, el logo de la convención de Sevilla puede, como digo, tener sus reparos. Pero políticamente no va descaminado. Y es que hay que estar, en efecto, armado de una enorme fortaleza para aguantar como Rajoy, sin que se le mueva un músculo de la cara, el chaparrón de descalificaciones personales, deslealtades de teóricos socios y barbaridades políticas sin cuento que le llueve encima un día sí y otro también en las cámaras legislativas. “Piel de elefante”, dijo como elogio la veterana señora Mérkel, que de malos momentos debe de saber un rato.

Y la verdad es que en estos turbulentos tiempos se agradece una cierta falta de nerviosismo y una al menos pública apariencia de tranquilidad cuando todo parece negativo. Acorralado por la oposición, a Rajoy se le acumulan los problemas en la calle, mientras el fragor de las encuestas –nunca ha habido tantas- no está resultando precisamente favorable.

El crecimiento de la economía por encima de todas las previsiones, las calificaciones al alza por parte de las principales agencias internacionales y el cumplimiento por primera vez y sin concesiones de Bruselas de los objetivos de déficit pasan, entre otros logros, sin pena ni gloria por los medios. La estrategia de acoso por parte de la izquierda –ha señalado un ilustre columnista- recuerda a la de 2003, cuando coleaban el accidente del Prestige y la guerra de Irak. Aquella ofensiva le alcanzó de rebote a Rajoy. Ahora van a por él.

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