En el Viernes Santo

El evangelio de Juan refiere que Jesús celebró tres fiestas de Pascua durante el tiempo de su vida pública: una primera en relación con la purificación del templo; otra con ocasión de la multiplicación de los panes y, finalmente, la pascua de su muerte y resurrección, en la cual se funda la conmemoración que estos días celebra el orbe cristiano.

Pero, ¿realmente por qué condenan a Jesús? ¿Cuáles fueron los principales argumentos o acusaciones que contra él se formulan? Son algunas de las preguntas que ante el hecho histórico de su muerte cabe hoy recordar, habida cuenta del complejo proceso a que fue sometido.

De acuerdo con la obra “Jesús de Nazaret”, del papa emérito Benedicto XVI, se celebró primero una reunión del Consejo del Sanedrín, es decir, de los jefes de los sacerdotes y los fariseos, los dos grupos dominantes en el judaísmo de aquellos días, para intercambiar ideas sobre el peligro que, a su juicio, empezaba a suponer el movimiento creado en torno a Jesús. De aquella deliberación previa éste ya sale, por boca del en aquel año sumo sacerdote Caifás, prácticamente condenado a muerte.

No obstante, la fundamental decisión se lleva a cabo con su arresto, en la noche entre el jueves y el viernes, en el huerto de los Olivos, y con su conducción al palacio de Caifás, donde sacerdotes, ancianos y escribas -las tres secciones del Sanedrín- estaban obviamente ya reunidas. Allí le someten a un interrogatorio a fondo que concluyó con la decisión de entregarlo a Poncio Pilato, el gobernador romano, para la condena formal.

¿En base a qué? De manera especial, ante la pretensión mesiánica de Jesús, con la cual se ponía en cierto modo a la altura de Dios. “Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”, le preguntó Caifás en dramático diálogo. Y a la pregunta de la que dependía su destino, la respuesta afirmativa, rotunda y clara del compareciente fue teológica y políticamente inaceptable.

El sumo sacerdote “se rasgó las vestiduras”, no tanto –dicen los exégetas- como fruto de su propia irritación, sino porque así estaba prescrito al juez en funciones como signo de indignación cuando oía una blasfemia. Un crimen para el que estaba prevista la pena de muerte.

Y como la facultad de sancionar con la pena capital estaba reservada a los romanos, hubo que transferir el proceso al gobernador Pilato. En esta nueva instancia el interrogatorio gira en torno a otro argumento: la realeza de Jesús, entendida, sí, de una manera matizada y singular, pero que allí queda resaltada en toda su profundidad.

La acusación de que se habría declarado rey de los judíos era muy grave. Pero Pilato sabía que Jesús no había dado lugar a un movimiento revolucionario. Más bien le parecía un visionario religioso que tal vez transgredía el ordenamiento jurídico sobre el derecho y la fé. Pero eso no le interesaba. Si había violado o no la Torá, era un asunto del que debían juzgar los propios judíos. A él le competía el orden público.

Así las cosas, y ante un tumulto que iba a más, el gobernador romano, “queriendo contentar a la multitud”, dice el evangelista Marcos en un lenguaje hoy tan actual, soltó a Barrabás en el contexto de la tradicional amnistía pascual y entregó a Jesús para que lo crucificaran; esto es, para que le aplicaran la máxima pena reservada a los grandes malhechores, quienes por su condición de tales no tenían ni derecho a sepultura. La paz fue para Pilato en esta ocasión más importante que la justicia.

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