El enredo nacional

Acababa de escuchar a Don Brown, alabando la gran virtud que España ha tenido a lo largo de la historia para combinar la tradición con la modernidad, cuando vi a Puigdemón de gira por Europa gritando que lo detengan, que lo traigan detenido antes de que el Parlamento de Cataluña ocupe la presidencia de la comunidad con cualquier elegido, que no esté dispuesto a cederle el sillón cuando la tormenta haya amainado y la República catalana sólo sea un sueño de otoño perdido en unas nuevas elecciones.

Sí, el novelista tiene razón, aquí lo hemos venido conservando todo, no solo los monumentos por falta de liquidez (por fortuna) para tirarlos y levantar otros nuevos, como ha sucedido en muchas partes del mundo rico. Las tradiciones están muy arraigadas como demuestra el juego de nepotismo tejido entre Cristina Cifuentes y la Universidad Rey Juan Carlos. La compra y venta de títulos permanece bien asentada en las viejas prácticas de simonía y ha llegado a nuestros días con pátina de arreglo entre amigos y poderes. El caso de la presidenta madrileña es una hipocresía más de este sistema, de camino entre La Moncloa y La Zarzuela, bendecido por la Conferencia Episcopal. “No es que vivamos una ola de conservadurismo, estamos inmersos en una ola reaccionaria” (J. Estefanía, dixit), perfectamente conectada con el antiguo régimen.

No sé si Dan Brown contempló a Jordi Turull a las puertas del juzgado despidiéndose de su familia con lágrimas en los ojos. Él y los suyos se enfrentaron a la llamada de la justicia con demagogia, sabiendo que la puerta de salida conducía a la cárcel. Turull, como la mayoría de los protagonistas del procés, son dignos herederos de aquellos O’Donnell, Riego, Espartero, Mendizábal, Torrijos, Melchor Gomís, etc. siempre dispuestos a la muerte o el exilio por mor del juego político de su tiempo. Esto es, pura tradición aunque ahora resulte patéticamente anacrónica.

Han vuelto las viejas terminologías: exilio, liberalismo, patria, monarquía o república, estraperlo, cadena perpetua, lucha de clases… O, quizás, es que no se habían marchado nunca y no sólo estaban vigentes en el diccionario de la RAE, sino también en las mentes e intereses de muchos. Sin embargo, hemos conseguido introducir otros vocablos modernos como dimisión, aunque no se practique. Currículum, aunque esté preñado de falsedades. Pensiones, aunque no pasen de limosnas oficiales. Ranas corruptas, que tanto pueden esconder a príncipes como a plebeyos. Feminismo, al que se teme pero no se respeta. Economía de mercado, presente en todas las oraciones laicas…

Todo puede ser lamentable o digno de chistes y caricaturas. El enredo nacional ha alcanzado un nivel en el que la tradición y la modernidad no se diferencian, por mucho que Dan Brown pueda sentirse maravillado. La burla del poder por quienes deben ejercerlo, la dejación de funciones políticas en manos de la justicia, la burla permanente al parlamentarismo democrático, los recortes sociales, el encadenamiento de la libertad de expresión, el consentimiento de la corrupción, la falta de consensos… nos están hablando de la descomposición del Estado de las Autonomías. Quizás la República no esté tan lejos. Sí, me refiero a la española.

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