Versión original española

Algo se nos quedó atrás en este caminar incierto en nuestro país. Un pellizco que posiblemente nos costará volver a recuperar de tanto manoseo que encontraremos en el balance de este bulevar en el que circula la vida política actual. No sería justo mirar solo desde un lado de esta calzada purgante en la que vivimos estos tiempos. Al fin y al cabo es la tierra que, si algún día nos vio nacer, seguro que nos arropará en algún momento. Hace ya tiempo se hizo viral -perfecta expresión para explicar en que se convierten las redes sociales- una frase que atribuían a Bismark sobre esta patria nuestra. Decía algo así como que España era la nación más fuerte del mundo, y añadía la peculiar causa de ello; no era ni por su desarrollo como pueblo ni por sus grandes victorias militares, tampoco por su esplendorosa cultura; lo era porque siempre había intentado autodestruirse y nunca lo había conseguido. Pero no, no hay nada, como tantas veces, que nos pueda demostrar que “el canciller de hierro” comentara esas palabras, y menos pensando en esta España actual. Lo más interesante es que el origen de esa frase sí que podría ser de un diplomático español refiriéndose, en pleno conflicto, a la guerra franco-prusiana. Y es que este país sí que ha estado siempre engarzado en medio de disputas y de dimes y diretes. Y claro que no somos los únicos que nos embutimos en ellos, pero, al fin y al cabo, me preocupan más porque son los propios. Y en esos propios deberíamos reconocer que el trabajo de hacer bandos siempre nos ha gustado. Y nos encanta perdurar no desde el diálogo, sino por la mano que mece al victorioso. Igual por ello no somos un pueblo que aprenda de su historia ni de errores cometidos. Como tampoco castigamos ni a la mala política ni a las mentiras de quienes llevan la voz cantante en esta sucia vida pública.

Con estas expectativas es fácil comprender que somos capaces de enquistar problemas tan graves como la corrupción, que parece ya una forma de gobernar, o destripar la situación en Cataluña como una afrenta nacional que conlleva la autodestrucción de cualquier cauce político. La mano dura y la intransigencia de unos y otros nos arrastran nuevamente a caminos sin salida, dejándonos solos en una estúpida sinrazón de futuro.

Tal vez deberíamos hacer como una expresidenta madrileña que confesaba que una de sus macroideas de gestión la tuvo viendo una película. No puedo hacer otra cosa que sonreír, por no llorar, ante esa forma de gestionar, porque al final esa cinéfila inspiración nos ha costado a todos muchos dineros y la enésima trama de corrupción. Será a lo mejor en estas cosas donde podríamos encontrar ese vicio de autodestruirse sin que nos parezca mal. Aunque siempre podemos hacer un cinefórum.

Así se nos pasó un nuevo viernes de dolores, porque de algo nos debe servir esta cultura canónica tan nuestra. Recuerdo que también fue un día como este cuando nos dieron las claves de aquel consejo de ministros con todos los recortes que nos venían encima. Y con ellos nos fuimos a reflexionar la semana santa. Somos muy proclives a dejar en manos ajenas todo aquello que conforma nuestra vida. Y como poco, hasta somos capaces de darle credibilidad a un simple chisme para encender la mecha de cualquier problema.

Quien sí dijo aquello de que España era donde se aprendía que uno podía tener razón y ser derrotado y que a veces el coraje no tiene recompensa fue Albert Camus. Y en su afirmación podríamos encontrar nuestra actual convivencia, una lucha enmarañada de razones y un sufrimiento en el arrojo que ponemos en los detalles. Mucho debemos hacer para conseguir ser vanguardia de algo en este mundo. Mucho deberíamos compartir para eliminar tanto prejuicio que siempre resta. Decía el emperador Carlos I que utilizaba el español para hablar con Dios. Hay que reconocer que es una ventaja, pero de corto fiar para compartir este mundano caminar.

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