Cinco años de Francisco

Desde su primera comparecencia ante los fieles congregados en la plaza de San Pedro aquella lluviosa tarde noche del 13 de marzo de hace cinco años se vislumbró que el recién elegido cabeza visible de la Iglesia católica iba a ser un papa distinto. Jorge Mario Bergoglio, un veterano cardenal de 76 años venido “del fin del mundo”, accedía a la Cátedra de Pedro. Primer papa latinoamericano. Primer papa jesuita. Primer papa que ya en el mismo balcón principal de la basílica vaticana ponía a rezar al pueblo de Dios.

Primer papa que en su presentación pública acentuaba más su primigenia condición de obispo de Roma que la de Pontífice de la Iglesia universal. Todo un signo –se dijo- de la impronta que pudiera dar a su mandato: el de un obispo, el de un pastor más próximo a las bases y a las Iglesias particulares.
También se recordó que a Juan Pablo II se le veía y a Benedicto XVI se le escuchaba. ¿Por qué especial sensibilidad –se preguntaron muchos- habría de pasar Francisco a la historia de la Iglesia? ¿Por ser el Papa de la gente sencilla y el Papa de la Iglesia de los pobres? A estos mismos interrogantes se intenta responder estos días cuando se hace balance de sus cinco años de Pontificado.

No es que fuera por entonces un hombre desconocido. Los días del precónclave resultaron determinantes. Pero su crucial papel en el sínodo sobre el ministerio de los obispos (2001), sus intervenciones en el cónclave de su antecesor Ratzinger (2005) y su destacado liderazgo en la Conferencia latinoamericana de Aparecida (2007) le habían señalado con claridad. Los cardenales electores intuyeron que detrás de él estaba el nuevo aire que la Iglesia necesitaba.

¿Ha respondido a las enormes expectativas que de aquella se suscitaron? Me atrevería a decir que al cabo de este su lustro de Pontificado ha decepcionado un tanto a cuantos, propios y extraños, esperaron de él más de lo que en sus manos estaba. Buena parte de los informadores llegados en este tiempo cual paracaidistas al mundo vaticano han centrado su atención en dos cuestiones, como si no hubiera otras realidades y problemas de que hablar: la pederastia y la reforma de la Curia vaticana. De los tres grandes documentos doctrinales hechos públicos poco más han dado a conocer que sus títulos. También han hecho notar una cierta lentitud en la toma de decisiones.

Así las cosas, sobre el escándalo de los abusos sexuales ya se sabe: si se plantea alguna precaución en el esclarecimiento de los hechos o se pone el más mínimo reparo por elemental que sea al discurso dominante, como Francisco hizo en su reciente viaje a Chile, quien así se comporta queda un tanto tocado bajo la acusación de no haberse empleado a fondo. No obstante, más que acreditada está la exigencia de tolerancia cero que ya desde el papa Ratzinger se viene observando en el Vaticano sobre esta materia.

Y sobre la reforma de la Curia habrá que decir que se le ha dado más importancia de la que tiene, entre otras cosas porque los departamentos vaticanos vienen a ser como la cuarta parte de un Ministerio en España, el catolicismo es infinitamente más valioso que una estructura de organización de poder y en ella habrá de todo: gentes santas y no tanto.

De todas formas, hasta los más críticos reconocen que la transformación en el talante y en el tono ha sido enorme. Francisco, en efecto, no sólo ha normalizado o, si se quiere, desacralizado el papado, sino que –lo que es más importante- se ha revelado como un pastor de a pie que quiere acompañar a la Iglesia y al mundo, que ha puesto al hombre en el centro de sus desvelos, que ha viajado con el corazón a las periferias de toda clase y que ha implantado la misericordia como ley. No en vano es hoy considerado como el líder más escuchado y respetado del planeta.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar