Miedo a hablar claro

Siempre me pareció impropio por fuera de lugar el aprovechamiento que en los tiempos del glorioso ZP la vicepresidenta portavoz Fernández de la Vega hacía de la tribuna de Moncloa en las ruedas de prensa posteriores al Consejo de ministros para arremeter sistemáticamente contra el PP, que por entonces acampaba en solitario en la oposición. A la vez, me sorprendía el silencio y mansedumbre con que éste aguantaba sin rechistar el chaparrón semanal de los viernes.

Han pasado desde entonces ocho o diez años y la situación es hoy justamente la contraria: el PP está en el Gobierno y el PSOE, en la oposición. La ex ministra portavoz descansa en el Consejo de Estado, mientras que su actual sucesor en el púlpito monclovita, Méndez de Vigo, observa con escrupulosidad el carácter no partidista del puesto en cuestión.

Ni tanto ni tan calvo, habría que decir siguiendo el refranero popular. Porque lo que en aquélla todo era dureza e inmisericordia, en éste todo es mano de seda, y no de hierro, en guante también de tan delicada y apreciada fibra. Mucho consenso, mucho diálogo, mucha mano tendida. Mucho humo, en definitiva.

No digo, por supuesto, que haya de imitar a su antecesora socialista, pero sí habría de ser –creo- más incisivo a la vista de cómo el sistema mediático está trasladando a la opinión pública un descrédito de la clase política en general e incluso de determinadas instituciones –pienso en el Congreso- por actuaciones no colectivas, sino muy concretas que tienen nombre y apellido.

Y es que no se puede meter a todos en un mismo saco cuando los comportamientos son distintos. No ha sido equiparable, por ejemplo, el proceder de PP, Ciudadanos y otros en la turbulenta sesión parlamentaria sobre la prisión permanente revisable que el observado por el Partido Socialista, cuyos diputados, puestos en pie, ovacionaron a su desaforado portavoz e incluso no pocos de ellos lo despidieron con efusivos abrazos.

Decir como hizo Méndez de Vigo que hubo “intervenciones mejorables” fue quedarse corto. Como corto se quedó al lamentar y no condenar sin rodeos los graves disturbios de Lavapiés. Habrá, pues, que ir perdiendo el miedo a hablar más claro. (Por cierto: han pasado muchas horas y Podemos no ha pedido todavía perdón por los bulos difundidos que alimentaron la intolerable lluvia de piedras y sillas contra la Policía, amén de los incendios y destrozos producidos).

Este tema de la emigración es, con todo, uno de las grandes cuestiones pendientes de nuestro tiempo. Aquí y allá. La falta de inclusión social del nutrido colectivo llegado, la precariedad en el empleo y las situaciones de irregularidad administrativa están generando un problema político y sobre todo humanitario de primer nivel, no resuelto. La presión sobre las fronteras es enorme. Detrás de todo ello está en buena parte el surgimiento de populismos y partidos xenófobos que van ocupando Parlamentos e incluso Gobiernos nacionales.

En los últimos cuatro años, por ejemplo, han llegado a Italia y se han quedado 450.000 inmigrantes ilegales, declarados como tales después de haber arribado a sus costas y de haber dejado por el camino un reguero de muertos. No devueltos a sus países de origen, deambulan por el país e incluso por Europa adelante como nuestros “sin papeles”. Y qué decir de Alemania donde a la señora Mérkel le han creado no pocos quebraderos de cabeza e incomprensiones tanto en el seno de su propio partido como en otros ámbitos.

Pero en fin, esto ya es harina de otro costal que me ha venido de nuevo a la cabeza a raíz de los sucesos de Lavapiés y que merece tratamiento más amplio.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar