El grito del pensionista

Sí, estoy de acuerdo con Mariano Rajoy cuando de nuevo saca su mantra y asegura que “no se puede gastar lo que no se tiene”. No se debe ni aun en este momento, ya vencida la crisis, cuando España vuelve a ir bien, según la propaganda oficial. La filosofía del presidente es la cuenta de la vieja, gastar menos de lo acumulado bajo la baldosa y esconder un poco más de lo necesario cada vez.

Él sabe que “cuando del baúl se saca y no se mete, el fondo se le ve”. Y lo ha comprobado con la hucha de las pensiones que heredó de Zapatero. En estos seis años ha sacado de ella 74.437 millones de euros y ahora solo le quedan 8.095 millones, más o menos. ¿A dónde han ido a parar esos ahorros destinados a los pensionistas? ¿Qué ha sucedido para que ahora no podamos pagar por no tener? ¿Nos ha liberado con ellos de la crisis? ¿Y qué ha sucedido para que la deuda del Estado esté por encima del 100% del PIB? ¿No será que se ha gastado alegremente lo que sí se tenía?

Dicen las cuentas de Montoro que no hay 1.600 millones de euros para revalorizar las pensiones de acuerdo con la subida del IPC. Debe de ser cierto porque sólo en 2017 el Estado ha pagado a Florentino Pérez por el caso Castor 1.350 millones de euros. Además, ahora tienen que rascarse el bolsillo para rescatar las autopistas radiales y deberán abonar a las compañías privadas 5.500 millones para, una vez saneadas las cuentas, devolvérselas.

Y además, ha habido que desembolsar otros 2.700 millones extras para complacer la petición de Trump de incrementar la aportación a la OTAN. Y por encima, se están gastando unos 2.000 millones en modernizar el armamento de nuestro
ejército. Es comprensible este derroche para cumplir con los compromisos adquiridos. Igual que se asumió sumisamente el compromiso con la UE de contener el gasto en salarios y pensiones para obtener el rescate de la Banca, que ahora pagamos entre todos, con los pensionistas al frente.

¿Acaso las pensiones no son fruto de un pacto social entre generaciones? Pues parece que ya no. Las han convertido en un gasto sujeto al criterio político de turno, a la cuenta de la vieja y a la trampa del trilero. Según en el cubilete donde caiga la bola el pago será gasto, inversión o deuda. Y de acuerdo con la ideología del mandatario, las asignaciones en las partidas del Presupuesto General del Estado serán reparto social o actuaciones privativas. Y las pensiones, que deberían considerarse una deuda con las generaciones que han sostenido al país y ahora son clase pasiva, se transforman en un gasto con semblante de beneficencia. He ahí la transparencia ideológica, que emana de esta situación, en la que no se puede gastar lo que sí se tiene.

El compromiso de los gobiernos de Rajoy con los sectores privados y contra la sociedad civil ha llegado a este extremo de tener en la calle a nuestros mayores indignados y de escuchar sus gritos y protestas. Pero parece que no les importa porque la estrategia y la contestación del presidente es actuar con la misma impasible inmovilidad de la momia de Tutankamón. ¿Para qué rectificar si las maldiciones de los dioses hacen su trabajo sin pestañear?

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