La otra orilla

Los ecos de la huelga han de ser un clamor incesante. En nuestra Era atípica respecto del pasado inmediato y tradicional, este 8 de marzo hemos vivido un fenómeno social especial. Las mujeres, la otra mitad de la que todos venimos, han conseguido realizar una acción diferente a todas las proclamas, con las que hasta ahora habían logrado romper cadenas y elevar la frontera de su larga lucha al espacio de un simbólico techo de cristal, tan duro como frágil, tan translúcido como engañoso para la vista.

Espero que, antes de sacar conclusiones serias, seamos capaces de dejar reposar todo lo acontecido. Tanto en los previos como durante esta desmovilización laboral, convocada con el propósito de alcanzar objetivos globales, difíciles de encarrilar en las agendas de la realidad inmediata. Estoy seguro de que nos estaremos perdiendo en el vicio mediático de valorar las cifras como espejo del éxito o muestra del fracaso. Nos empecinaremos en los juicios y prejuicios de unas y otros. Esgrimiremos el alcance nacional o internacional de la experiencia. Y nos rodearán con el viejo recurso de remachar los conceptos de liberación, igualdad, brecha, acoso, machismo, violencia… y sus antónimos.

Yo creo que a la huelga no le corresponde esa respuesta habitual. Mi hija de diez años definió la convocatoria como “inconcreta”. Quizás tuviera razón y, por lo mismo, me costó explicarle la larga epopeya de muchas mujeres luchadoras y como consiguieron dejar de ser invisiblemente útiles, socialmente decorativas, íntimamente utilizadas. Cómo lograron superar roles alienantes, alcanzar el poder del voto, entrar en las universidades, elegir profesiones, alcanzar la liberación sexual y económica… Todos, objetivos materialmente concretos. Es cierto, por lo que yo mismo entendí la intuición de la niña, capaz de percibir que el concepto de igualdad tiene tanta amplitud como aristas.

Sin embargo considero que la huelga internacional fue un hito, un punto de giro en un proceso de liberación de las mujeres que, para muchos sectores sociales y del pensamiento, se había quedado viejo, al creerlo superado por la realidad y el curso de la historia. El feminismo y su lucha parecían haber entrado en el espacio acomodaticio de los logros y de las reglas del consumo, al menos en nuestro mundo occidental.

Ahora alcanzo a ver y sentir el aldabonazo del jueves como la llamada de un pensamiento del que no deben apropiarse ni los partidos políticos, ni los sindicatos, ni las banderas, ni los himnos, ni las consignas excluyentes. La reivindicación de la igualdad debe ser siempre inconcreta para que sea universal. Para que cuando veamos espectáculos como los escenificados por el PP y C´s, algún arzobispo o por el presidente de la CEOE, entendamos que existe otra orilla donde habitan quieres siempre serán impermeables al problema. Una orilla donde se confunde el ombligo propio con el centro del mundo. Permítanme pensar que fue un gran día de cristales rotos para la historia de la Humanidad.

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