Miedo al 8-M

EL miedo ha sido siempre un arma utilizada por los poderosos para controlar a las masas. Tan vieja que ha generado adictos al miedo, tanto por parte de quienes lo ejecutan como de quienes lo sufren. Es una realidad aunque siempre me ha costado entender el gusto individual por las películas o las narraciones de miedo. Hasta he querido ver en ello más un sentido de dominio que de sumisión. Pero estaba equivocado, el amor al miedo es universal y la parte de masoquismo que lleva implícita se corresponde con algunas íntimas tendencias de muchos humanos.

Cuando el pasado jueves vi las pancartas y escuché a las mujeres manifestantes del 8-M gritar que no tenían miedo, sentí una tremenda sensación liberadora. Si las mujeres son capaces de vencer al miedo, al que las culturas las han venido sometiendo, el mundo ha empezado a cambiar realmente. Porque han necesitado mucho valor, desde las sufragista a estos días, para romper los esquemas construidos desde el siglo IV o V por las sociedades patriarcales, emanadas de las religiones monoteístas y sus imperios de poder terrenal.

Las mujeres han estado dominadas por dos miedos sobre los que los hombres han tenido mucho cuidado de no perder espacio durante mucho tiempo. Uno el sexual, privándolas de conocimiento, de autonomía y hasta del placer. Obligándolas a la sumisión y a un respeto aberrante. Dos, la dependencia económica apoyada por las costumbres, las leyes y el mercado.

El dominio sobre la sexualidad de la mujer, lo más poderoso de su cuerpo, se ha ejercido siempre desde el miedo. Miedo a las enfermedades, miedo a los embarazos no deseados, miedo a las infidelidades para no romper la línea continuista de la estirpe del varón, miedo a la libertad para obtener placer… La liberación sexual de la mujer, la ruptura contra esos temores, ha sido el fenómeno más importante de su lucha, conseguido durante el siglo XX, gracias a la universalización de los anticonceptivos, la apertura mental fuera de los preceptos religiosos, el conocimiento cultural y la consecución de leyes liberadoras.

Rotos los tabúes sexuales, abierta la puerta de la independencia económica, a los generadores del miedo opresor prácticamente sólo les queda el arma de la desigualdad. Por eso en esta convocatoria a favor de la igualdad no hemos tardado en ver a políticos/as, a fuerzas económicas y religiosas tirar de la manta del miedo -disfrazado de prejuicios elitistas, culturales, políticos, morales…- para detener el empuje de las nuevas mujeres. Y se han equivocado.

Se han equivocado tanto por ignorar que su espada del miedo, como la energía, no se destruye, se transforma. Y en un abrir y cerrar de ojos, escuchando los gritos sin temor de las manifestantes, el miedo ha saltado a las bocas de los detractores/as de la huelga haciéndoles cambiar de discursos, retorciendo argumentos y reinventando tácticas partidistas con la vana pretensión de entrar a jugar en la primera línea del partido. Y en un supremo acto de ridiculez, el miedo se ha retratado en forma de lacito en la solapa de Rajoy. Han ganado ellas.

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