Año de las mujeres

Aunque con algún que otro sonoro fracaso previo, como la derrota de la señora Clinton en su apuesta por llegar a la Casa Blanca, 2017 fue bautizado como “el año de las mujeres”. Se había abierto con la impresionante marcha de las mujeres en Washington en defensa de sus derechos de todo orden, amenazados –se argumentaba- con la llegada a la presidencia del país del desbocado Donald Trump. Y se cerró con el célebre título de “personaje del año” que la revista Time concedió a las impulsoras del movimiento #metoo (#yotambién) contra los abusos sexuales en Estados Unidos.

Y aunque dicho sea a título anecdótico, no ha dejado de ser significativo el que por primera vez en sus casi cincuenta años de vida el influyente foro económico de Davos, muy dominado aún por los hombres varones, haya sido presidido en su última y reciente edición por selecto grupo de seis mujeres.

Si así fue el año pasado, en este 2018 se espera que la reivindicación feminista en todos los órdenes de la vida política, económica y social, sea aún mayor. Será un año para el progreso de la mujer. Habrá de despojarse de sus actuaciones excesivas y performances varias que le quitan ante el ciudadano de a pie una cierta credibilidad. Pero se trata de un movimiento sin marcha atrás que ha llegado no sólo para quedarse, sino sobre todo para ir creciendo y logrando objetivos.

Con enorme profusión de actos y eco mediático se celebró el jueves el Día internacional de la mujer trabajadora que, a la postre, ha sido manejado y rentabilizado más por los sindicatos de clase –gobernados todos ellos por varones- que por el propio movimiento feminista. La misma huelga laboral, las proclamas anticapitalistas y los insultos a empresas y empresarios así lo evidenciaron. Esta es –me parece- otra de las purificaciones y distanciamientos pendientes.

Por supuesto y al menos en la magna concentración de Madrid, no faltaron ni antes ni durante las groseras referencias a la Iglesia católica. Tal vez no hayan sido buena parte de ellas manifestaciones políticas, como ha señalado Feijoo. Pero no han resultado tan guays ni tan maravillosas como el PP en general y el presidente gallego en particular han pretendido, por aquello tal vez de lo políticamente correcto. Sin embargo, cuando se hace balance de algo tan relevante como la jornada del jueves, conviene abrir el foco y no centrarlo en un solo motivo del cuadro.

La celebración estuvo marcada por la perspectiva de la discriminación en el trabajo y la llamada brecha salarial y apenas incidió en la segunda gran desigualdad que para buena parte de las mujeres supone la eventual maternidad.

España, por ejemplo, es uno de los países donde trabajo y maternidad se siguen viendo como un juego de suma cero. Sin embargo, numerosos estudios dan fe -y testimonios personales tenemos por doquier- de que un más que alto porcentaje de mujeres han tenido que renunciar, ralentizar o recortar su maternidad porque ese trabajo que tanto les ha costado alcanzar no era compatible con ellas.

Parece, pues, más que preciso incorporar a todas las políticas públicas al respecto la perspectiva de familia. Porque si no se identifican bien los problemas, no se tomarán las medidas adecuadas.

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