¿Mejor sin presupuestos?

Constituye ya casi una tradición, al menos en aquestos nuestros lares, que los partidos opositores anuncien su rechazo a los presupuestos generales del Estado cuando no hay escrito ni un solo número sobre los mismos y sin haber sondeando previamente cuáles son las intenciones al respecto del Gobierno de turno. Es lo que está sucediendo estos días.

Unos se comportan así porque su praxis habitual consiste en atrincherarse en el “no es no”, al estilo del neocaudillo socialista Pedro Sánchez. Otros (PNV como principal referencia) porque, a pesar de los pesares, esperan ponerse a la cola de eventuales negociaciones para ver qué les cae, porque algo caerá.

Un tercero, finalmente, ha surgido este año (Ciudadanos). Después de un improductivo triunfo autonómico y aprovechando el viento de cola del incondicional fervor mediático de que goza, Rivera y su partido se han creído mayores y parecen dispuestos a romper amarras con su hasta ahora socio y a volar por su cuenta.

Si, encima, quien tiene en su mano la llave de dineros y prebendas varias (presidente del Gobierno) enseña sus cartas desde el primer momento y dice y repite que no habrá elecciones pase lo que pase con los presupuestos, se entiende que todos endurezcan posiciones de partida en la confianza de que los réditos obtenidos serán aún más suculentos. Porque acuerdo terminará habiendo.

Y es que a ningún Ejecutivo le gusta ver cómo –en tosca expresión de moda- le tumban la ley más importante de cada año: es la que permite ordenar las prioridades políticas y plasmar cómo se recaudarán los ingresos y en qué se van a gastar. No lograr sacarla adelante sería, en efecto, ocasión de oro para que la oposición toda y sus nutridos altavoces mediáticos jalearan la supuesta incapacidad política del Gabinete.

Frente a especulaciones anteriores y en cuestión de pocas fechas, tanto en Madrid como en Bruselas Rajoy ha reiterado su propósito de presentar antes de Semana Santa –es decir, dentro de nada- el correspondiente proyecto de ley para tener listos a finales de junio los presupuestos generales del año en curso. Se trataría de un horizonte temporal parecido –mediados de ejercicio- al que llevó a la aprobación de las cuentas públicas de 2017. Con todo, apretado calendario me parece, habida cuenta de lo prolija que es la preceptiva tramitación parlamentaria.

Es de suponer que cuando el presidente se atreve a ello, es que de alguna manera tiene amarrados los consensos básicos imprescindibles, aunque queden flecos por cerrar y los dispuestos a firmar mantengan en público sus postureos. Por lo que cuentan los cenáculos madrileños, el Gobierno ha perdido el miedo a derrotas en el Congreso. Y los que no apoyen –dicen en Moncloa- tendrán que explicar muy bien en la Cámara su rechazo.

No obstante y a la vista de cómo sucedieron las cosas el año pasado, determinados círculos económicos no verían mal que no se llegara a un acuerdo y que, al final, tuviera el Gobierno que mantener la prórroga actual. Más vale –dicen- no tener presupuestos nuevos que pagar por ellos un precio excesivo.

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