Las mujeres que opinan son peligrosas

Hay que reconocer que en los últimos tiempos vivimos con demasiada sensación de peligrosidad. Esa intranquilidad hacia lo que decimos, manifestamos, defendemos, denunciamos…. En el lado contrario, está lo de pensar libremente, es decir, piensa lo que quieras pero para tus entrañas, claro. Y de eso, las mujeres, ese colectivo mayoritario en la sociedad, sabemos mucho. Bajo el lema “Las mujeres que opinan son peligrosas” han comenzado su andadura unas jornadas sobre las mujeres columnistas en nuestro país. Acogidas en la ciudad de Pontevedra, han servido para desmenuzar muchos clichés que llevamos sufriendo el colectivo femenino en todo ese proceso lento y a veces eterno de empoderamiento. Debo decir que tras los testimonios de compañeras de la profesión, poco me quedaría por comentar, porque todo está en sus propias palabras, para seguir ilustrando la necesidad de optar por nuevas estructuras que, para mi gusto, siguen estando anquilosadas en un pasado demasiado reciente y que no responden a esta nueva forma de vida que nos caracteriza como sociedad actual.

Mi reflexión ante tantas buenas conclusiones me lleva a pensar que, de alguna manera, las mujeres vamos a ocupar un lugar importante en estos tiempos, donde la tentación de inocular el miedo en el pensamiento libre nos empieza a envenenar peligrosamente. Este colectivo mayoritario que somos, ha sabido avanzar con valentía ante tanta desproporción de siglos de hostigamiento en nuestro papel en el mundo. Y a pesar de tanto conseguido, nos queda un camino todavía largo y tortuoso por concluir. La educación por la igualdad queda en pañales respecto a los estereotipos que seguimos ronroneando en nuestras relaciones sociales, y los cánones machistas reflejan muchos de los anecdotarios en nuestra vida profesional. Y a pesar de todo, los miedos nunca han formado parte de ese espíritu femenino, más cercano a la mal llamada rebeldía que al derecho igualitario. Y todo ello, porque de alguna manera el pensamiento de esa mitad mayoritaria de la sociedad ha quedado siempre diseccionada en un segundo plano y, por tanto, olvidada en los rincones del poder.
Poco nos debería sorprender a las mujeres que se utilice el miedo para contrarrestar opiniones diferentes. Poco nos debería asombrar que las ideas y la lucha por la libertad de expresión supongan una soga que ahoga al diferente. Y si hablamos del insulto y el menosprecio en la redes sociales, pregunten lo que llevan en su saco muchas mujeres que opinan cada día en ellas. Se sonrojarían los que con tanta vehemencia aplauden la aplicación del código penal cuando se habla mal de la corona, de representantes políticos o de cualquier otra persona o colectivo a los que, por mor de un infuso capricho selectivo, se les ha etiquetado como libres de toda mención.

Considero que estos desequilibrios que han existido y se siguen sufriendo, se originan en esta pobre apariencia de igualdad social, pero que su primera penuria la siguen sufriendo las mujeres en todas las etapas de su vida. Es difícil reconocer al diferente cuando somos incapaces de considerar a las mayoritarias en la sociedad en que vivimos.
Nos espera una semana vestida de feminismo. Un pensamiento sensato por todo lo que supone romper muchas brechas y techos de cristal. Me imagino que cualquiera de nosotras podrá mirar más allá de su ombligo personal para saber que todavía se sigue cuestionando nuestro papel social y hasta nuestra libertad personal. No es cuestión de mirar a quienes están arriba, sino a las que todavía se encuentran en el inicio de esta escalera de caracol que nos toca empedrar cada día. Como dijo la escritora inglesa Mary Shelley, “no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas”. Es nuestro espacio y deberíamos ser todas.

Y mientras tanto, los hombres también tienen algo muy importante que hacer en esta defensa. No es necesario que ocupen lugares del feminismo. Nos serviría que parte de su propio espacio lo convirtieran en feminista. Lo contario sí que seguirá siendo peligroso.

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