Premio Josefina Carabias

 

​La presidenta del Congreso, Ana Pastor, ha tenido la feliz iniciativa de proponer la creación de un premio que llevará el nombre de Josefina Carabias y que estará dedicado a distinguir la labor del mejor cronista parlamentario del año. Desde 2003 el Senado ya lo tiene, ofrecido a la memoria de quien durante los años de la Transición llenó de inteligencia y humor la crónica política y que es considerado hoy como uno de los mejores comentaristas parlamentarios de los tiempos presentes, Luis Carandell.

​Y hablo de feliz iniciativa por dos razones. Una, porque Josefina Carabias es uno de los nombres grandes de la profesión periodística. En realidad, la primera mujer periodista profesional en nuestro país. Y dos, porque a la alicaída crónica parlamentaria le puede venir muy bien.

​Nacida también en mis queridas tierras abulenses, Josefina se licenció en Derecho y acampó en el periodismo un poco de casualidad. Pero ahí estuvo, en primera línea, a lo largo de casi cincuenta años (1931-1980) de actividad profesional. Hizo de todo y –dicen- que todo bien: crónica, reportaje, entrevista, columnismo, biografías, corresponsalías en Washington y París.

​Coincidí con ella en la redacción de YA a su regreso de la capital francesa. Yo empezaba; ella estaba de vuelta. Era –años sesenta/setenta- una de las sólo cuatro periodistas mujeres en el gran diario de la Editorial Católica. Y una de las seis o siete mujeres que trabajaban en toda la llamada Santa Casa. De porte menudo, pausado y elegante, era también animada conversadora.

Aún recuerdo la finura informativa con que trató a la reina doña Victoria Eugenia cuando ésta regresó por unos días del exilio para actuar como madrina en el bautizo de su bisnieto Felipe de Borbón, hoy jefe del Estado. Un modelo de crónica.

Es de esperar, por otra parte, que el premio que honrará su nombre sirva de acicate para recuperar el prestigio de la crónica parlamentaria; género periodístico de gran tradición con maestros tan brillantes como Wenceslao Fernández-Flórez, Azorín, Julio Camba y, ya en tiempos más recientes, como el citado Carandell, Víctor Márquez Reviriego o Manuel Vincent.

Por desgracia, la crónica parlamentaria languidece. Hoy manda la tertulia y, de alguna manera, el columnismo. Hoy la información parlamentaria se reduce en buena medida al rifirrafe quincenal en las Cámaras, al canutazo televisivo, a los numeritos podemitas, a los momentos estelares de la crispación, a los becarios corriendo tras los diputados micrófono en mano por los pasillos y a personajes tan poco edificantes como Rufián y Tardá, los más célebres a la postre del Congreso.

Al ruido, en definitiva. Toda otra mucha labor parlamentaria, más constructiva y meritoria que todo lo anterior, queda en muy segundo plano.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar