La paradoja del hambre

Es lo que el papa san Juan Pablo II definió como la “paradoja de la abundancia”: en plena sociedad global donde la producción y distribución de bienes y servicios progresan, se agilizan y abaratan día a día,  815 millones de personas pasan hambre; 115 millones de niños menores de cinco años padecen desnutrición crónica, y 15,3 millones de personas se han visto desplazadas debido a las crisis alimentarias que conflictos bélicos habrían desencadenado. Así es, y subiendo, según últimos pronósticos de la Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura (FAO).

Se trata de cifras y realidades que Manos Unidas ha puesto en consideración de la opinión pública con ocasión, el pasado domingo, de su jornada principal. Como bien se sabe, esta es una asociación de la Iglesia católica en España para la ayuda, promoción y desarrollo de los países más pobres y vulnerables del planeta, no gubernamental, de voluntarios y seglar, fundada hace sesenta años por las mujeres de Acción Católica. Desde entonces ha asumido la responsabilidad de concienciar a la sociedad española sobre la lacra del hambre y de la pobreza y sobre las estructuras injustas que las perpetúan.

Comparte lo que importa” fue el lema de la jornada. Con ella, la organización culminaba el trienio especial de lucha contra el hambre (2016-2018) en el que viene trabajando, cuyo objetivo es “plantarle cara al hambre” y reforzar el derecho a la alimentación de los pueblos más desfavorecidos.

Presente en todo el territorio nacional a través de setenta y dos delegaciones, las líneas tradicionales de actuación de Manos Unidas son dos. Por una `parte, dar a conocer y denunciar la existencia del hambre y de la pobreza, sus causas y sus posibles soluciones. Por otra, reunir medios económicos para financiar programas, planes y proyectos de desarrollo integral dirigidos a atender necesidades y requerimientos.

Con las aportaciones de las cuotas de socios, la colecta anual en parroquias, donativos y aportaciones de colegios, empresas y organismos públicos, en 2016 aprobó un total de 604 proyectos a desarrollar en 58 países, por un valor de casi 40 millones de euros. Proyectos educativos –los más numerosos-, agrícolas, sanitarios, sociales y específicos para la mujer. Por continentes, África se llevó la mayor parte, seguida de América (central y del sur) y Asia.

Se trata de unas iniciativas que desde el momento fundacional han renunciado a la grandiosidad aparente y se han atenido a las posibilidades reales para ser asumidos por las personas y culturas locales. Quienes por unas u otras circunstancias han trabajado cerca de la organización han destacado siempre su pedagogía de puesta en práctica, hecha con realismo y respeto a cada situación en la que operan.

Desde el punto de vista doctrinal la campaña se ha centrado en tres reflexiones principales: la creciente consideración de los alimentos como mercancías de negocio por encima de su uso imprescindible para la vida de las personas; la extensión y protección de un modelo productivo a gran escala que se manifiesta claramente insostenible, y el despilfarro alimentario como consecuencia del ese modelo de producción y del mantenimiento de unos estilos insolidarios de vida y consumo. Casi noventa millones de toneladas de alimentos se despilfarran cada año sólo en la UE. Como para no tenerlo en cuenta.

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