Apartheid contra la derecha

Aunque todo bien puede terminar como el rosario de la aurora, raro es el columnista, tertuliado o informador de a pie que, ante la nueva gran coalición alumbrada en Alemania entre los dos grandes partidos, no haga alguna referencia a lo imposible que resultó en estas nuestras latitudes un acuerdo similar que hubiese dado mayor estabilidad y eficacia al trabajoso andar de la legislatura y Gobierno en curso.

Olvidan unos y otros que cada país es cada país y, sobre todo, que las situaciones son muy distintas. Allí la señora Merkel al menos ha tenido quien, aun a regañadientes, se le sentara a la mesa. Aquí, sin embargo, desde hace tiempo se viene practicando aquello de que a la derecha ni agua. Al Partido Popular, por tanto, no le queda otra opción que caminar en solitario como por el desierto, bien desde Gobiernos en minoría, bien desde la oposición.

Esta especie de apartheid político hacia la derecha que encarnan los populares ha revestido varios formatos. El más clamoroso fue el llamado pacto del Tinell (noviembre 2005), según el cual los firmantes se comprometieron a “impedir la presencia del PP en el Gobierno del Estado y renunciar a establecer pactos de Gobierno y pactos parlamentarios estables en las Cámaras estatales”. Tal discriminación contagió de inmediato a instituciones autonómicas y locales, en las que, como bien se sabe, sin mayorías absolutas el PP no se come ni una rosca por mucho que le hayan sonreído las urnas.

Años más tarde llegó el ínclito Pedro Sánchez al frente del PSOE y ni siquiera se sentó a la mesa cuando fue llamado a Moncloa por Rajoy para ver las posibilidades de un pacto o gran acuerdo que tras el fragmentado horizonte parlamentario dejado por las elecciones de finales de 2015 posibilitara la investidura y, en consecuencia, la puesta en marcha la legislatura. Su “no es no” fue tan contundente como inflexible.

Bien es cierto que el célebre eslogan ha pasado más a segundo plano, pero no lo es menos que se sigue practicando de igual forma. Y así, para torcer el brazo al Gobierno, el Partido Socialista con su secretario general a la cabeza se ha negado a apoyar la candidatura de Luis de Guindos a la vicepresidencia del Banco Central Europeo en base a que, por aquello de la cuota, debe ser mujer quien aspire en Frankfurt al puesto.

Una excusa o pretexto, al fin y al cabo, porque eso de la alternancia de género no lo practica el propio partido ni en su Ejecutiva federal. En el fondo lo que busca el PSOE es una derrota internacional del Gobierno. Después, muy probablemente hablará de la pérdida de presencia de éste en Europa cuando en realidad él habría contribuido a ello. La afirmación de la portavoz socialista Margarita Robles en el sentido de que la nominación del hoy ministro de Economía supone un “desprecio para las mujeres” no deja de ser una más de las muchas absurdeces que estos días se están diciendo al respecto.

Queda finalmente un último formato de apartheid por parte de la oposición: la de valerse de la mayoría con que ahora cuenta en el Congreso para cargarse buena parte de las reformas y actuaciones llevadas a cabo en la anterior legislatura por el Gobierno de la mayoría absoluta del PP. Su más reciente muestra es la pretensión de abolir la prisión permanente, pero revisable. En este caso el “no es no” se practicaría con un inusual y heterodoxo efecto retroactivo.

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