Habemus princesa

Han pasado tres décadas desde el día en que un vidente amigo, marqués de alta cuna por más señas, vaticinó en uno de mis programas de radio “que la monarquía borbónica estaba llegando a su fin”. Según el erudito noble, la estirpe francesa se había entronizado con Felipe V, después de la Guerra de Sucesión de 1703-13, y cerraría su capítulo con la llegada de un próximo Felipe VI.

Lo tomamos como una broma o un divertimento. Sin embargo él nos dio otro dato, arrastrado por la tradición popular desde Felipe II:

– Llegará la III República, definitiva, sin más restauraciones posibles -dijo-, cuando se completen las tumbas reales del Escorial. Y quedan dos libres.

No resultaba aventurado dictaminar quiénes serían sus inquilinos. Juan Carlos I, reinando entonces, y su hijo. Sin embargo la historia ha hecho un quiebro y ha destinado una de ellas a Juan de Borbón, el rey que no reinó. Por tanto, a día de hoy solo queda una vacante. El marqués ya no está entre nosotros para imaginar o espantarse con los juegos del destino en este tiempo de caricaturas políticas. No está para preguntarse por qué trágicos caminos se decidió bautizar al príncipe barón como Felipe, situado en primer lugar, en honor de su antepasado el quinto, y no anteponer los nombres Juan o Pablo de sus abuelos, que le siguen, o el Alfonso, que lleva de cuarto por su bisabuelo Alfonso XIII.

El nombre y el número marcan, aseguran las teorías pitagóricas. Y Felipe VI soporta sobre las espaldas el cierre nominativo de un broche familiar y tres antecesores destronados. Además ha accedido al trono gracias a la ley agnática (no sálica como se dice, que trajo en las alforjas el primer borbón y se implantó después de la última batalla en Cataluña), dejando a sus dos hermanas mayores en el limbo de la sucesión imposible.

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