La religión del poder

Decía el escritor británico Huxley que “la política no es una religión. Los proyectos políticos no son una religión en la que deba creerse ciegamente, solo por fe. Hay que auditarlos, vigilarlos, seguirlos de cerca porque están hechos por hombres corruptibles, que pueden equivocarse o aprovecharse de su posición”. Parece que nos encontramos en el núcleo argumental de esa historia que nos contaba el propio Huxley en “Un mundo feliz”, con ese pesimismo y esa sociedad de castas, inmutable y condicionada.

De alguna manera nos hemos convertido en correligionarios de colores y banderas. Hemos delegado el raciocinio de lo público al anecdotario de ganadores y vencidos como si de un partido de fútbol se tratara. El problema es que se juega con nuestra administración social en esa relación pública que debería velar por los principios en los que se basa una democracia, la cosa pública que reúne nuestros días y nuestras noches.

Nada nuevo nos han traído los sentados en el banquillo de la llamada Gürtel valenciana sobre la corrupción. Hechos que fueron negados por sus protagonistas. Los mismos que hoy piden perdón por consentir ese comportamiento y ese linchamiento a las arcas públicas que tantas penas han ocasionado y que camuflaban impúdicamente en esa crisis económica que fundamentaron muy hábilmente en aquella nefasta reflexión sobre que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. El resultado final se hace indigesto con los que siguen proclamando su inocencia desde la simple calificación de mentira, a pesar de las evidencias. Y me provoca cierta vergüenza la falta de ética en los políticos que son capaces de desviar nuestras miradas hacia escenarios secundarios que nos entretengan como si se tratara de una pista más de circo. Lo que ha pasado en este país en la última década es manifiestamente insostenible para aquellos que respetan los valores democráticos que tanto defienden algunos manoseando cada día la Constitución. De alguna manera todo esto es el resultado de nuestra pobre respuesta ciudadana. Ni auditamos, ni vigilamos ni seguimos de cerca los hechos. Es lo que hay, y puestos a poner puntos finales al discurso, siempre nos quedará aquello de “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Una mirada demasiado pobre para esperar el futuro.

Me quedo con una frase pronunciada por un expresidente molt honorable en noviembre de 2009 en el comité ejecutivo de su partido, “cuando yo estaba mal y sufría, pensaba en ti y me animaba. Mariano, tú eres mi escudo”. Todo un clásico de oratoria de vigilia para redimir los pecados. Mientras tanto, seguimos jugando a bordear las leyes y acusar a los otros de lo que debería avergonzarnos a todos. Aunque para algunos Montesquieu está en crisis, vale la pena recordar aquello de que “no hay mayor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia”. Lo malo es que aquí fuera sigue haciendo demasiado frío.

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