No seas animal

Estamos en el centro de un ring y alrededor de nosotros se mueve un boxeador invisible. A cada dos segundos recibimos un puñetazo del que no podemos defendernos. Sentimos los guantes duros del enemigo sin ser capaces de esquivarlos, de prevenirlos… Poco a poco nos va adormeciendo y tenemos la sensación de que de un momento a otro vamos a recibir el impacto que acabará por noquearnos y dejarnos tirados en el centro de este cuadrilátero de la vida.

Cada puñetazo tiene un nombre conocido: la Manada, Diana Quer, Marta del Castillo, Mari Luz Cortés, Ruth y José Bretón, Candela y Amaia Oubel, Manuela de Monesterio, Juana Rivas… Y miles de nombres que nunca descubriremos porque las agresiones se pierden entre el griterío del público, en el anonimato del metro o de un autobús, en la oscuridad de una noche o a la luz del día de un parque público, en los cánticos de la Legión mientras desfilan, en la letra de un reguetón, en la pertinente continuidad de costumbres que invisibilizan al maldito boxeador.

La violencia de género tiene un desgraciado titular cada día. Un suma y sigue en el que se amontonan y confunden víctimas directas con las colaterales, con los huérfanos, con la pederastia… con la falta de educación eficaz para cambiar un derrotero viejo, que ha emergido en nuestros días gracias a la sociedad de la comunicación en que nos ha tocado vivir.

Cada año somos testigos de campañas de concienciación, asistimos a días internacionales de la mujer o contra la violencia de género. Vemos y escuchamos propósitos de las instituciones políticas y sociales. Nos reunimos en minutos de silencio y asistimos a concentraciones de indignación… Pero el volumen de las estadísticas no desciende. La reflexión final es siempre una sucesión de interrogantes. ¿En qué estamos fallando? ¿Por qué las manadas no se reducen y parecen crecer al emerger los casos? ¿Dónde están las soluciones?

Ayer visualicé la nueva campaña de concienciación del Instituto Andaluz de la Mujer, en colaboración con el Instituto de la Juventud. Han trabajado con una buena idea y con un eslogan directo dirigido al hombre: “No seas animal”. Una serie de individuos con caretas de búho, cerdo, pulpo, pájaros… acosan a una mujer. El Instituto andaluz trabaja sobre una temática con la que trata de ridiculizar a la fauna acosadora, de despertar las conciencias de los individuos clasificados. Es posible que esta idea impacte en mucha gente, especialmente en quienes militamos en la defensa de la convivencia en igualdad entre hombres y mujeres. Pero tengo dudas de que remueva eficazmente para bien los instintos de quienes se ocultan tras las caretas.

Esto es, exactamente lo mismo que acontece con todas las campañas de concienciación cuando empiezan y concluyen en sí mismas. Lo que no quiere decir que sean innecesarias. El problema es tan profundo, está tan arraigado que solo conseguiremos desarraigarlo con políticas transversales de educación. Esta campaña andaluza es un ejemplo que ayudará a identificar y clasificar a los animales del acoso callejero, pero el paso siguiente siempre debería ser darle a la sociedad los instrumentos necesarios para defenderse del boxeador, para destapar su invisibilidad y romper por fin los límites del cuadrilátero.

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