Desmesura y perplejidad

De nuevo un nombre de mujer choca contra el acantilado de la sinrazón. En el mar encrespado de los despropósitos las olas nos han devuelto estos días el nombre y la imagen de Juana Rivas luchando por la custodia y el calor de sus hijos. La ha lanzado contra las rocas la Fiscalía Provincial de Granada al pedir para ella cinco años de cárcel y seis de inhabilitación para ejercer la patria potestad. A Juana se le acusa de dos delitos de sustracción de menores por, como seguramente recordará usted, traerse de Italia a la niña y al niño, huyendo de las prácticas del padre, a quien en 2009 la justicia italiana había condenado por el delito de “lesiones en el ámbito familiar”.
No obstante de esa situación anómala Francesco Arcuri, el padre maltratador, conservaba -como suele ser hartamente habitual-, la patria potestad sobre los hijos. Esto es, una ocasión más en la que el interés de los menores quedó subyugado por cuestiones legalistas añejas y, en muchos casos, con tintes machistas. La epopeya de Juana no concluyó con la huida de Italia, sino que se vio obligada a ocultarse de la justicia española para no entregar las criaturas al progenitor. También en España, en un proceso plagado de errores, desafección a los menores, poco estudiadas las circunstancias vitales de ambos conyugues, se inclinó la balanza por la letra antes que por la razón.

Juana, a quien en 2017 todos quisimos tener oculta en nuestras casas durante aquel mes mítico, tuvo que ceder ante el torniquete del potro ejecutor y entregar los hijos después de quedar acusada de “incumplir las resoluciones judiciales”, también tenidas en cuenta por la Fiscalía de Granada para dictar la petición que el pasado viernes se hizo pública. Una resolución desmesurada a los ojos de juristas y de la gente de bien, sobre quienes la perplejidad ha caído como un manto de hielo e ira.

De inmediato se ha movilizado el convulso mar de las opiniones y han brotado los arranques de solidaridad, que de nada valdrán mientras no se legisle para adecuar las normas a la realidad. Y, ¿por qué no hurgar en la llaga?, inaugurar un sistema judicial que reme a favor de la igualdad y suelte las amarras que lo anclan al machismo maloliente. Entre esas olas furiosas he escuchado a quienes hablan de “venganza de la fiscalía”, de “rearme de la justicia contra la mujer”, de “ignorar la Ley de la Infancia y la Adolescencia”, de “no tener en cuenta el Estatuto de la Víctima”, de “condena ejemplarizante”…

Gritos contra el acantilado mientras una madre coraje, Juana Rivas, pasará a ser ante los ojos de los hijos una delincuente y prófuga por defenderlos y, quizás, se la señale como una presa común motivo para la vergüenza y el desdoro de dos criaturas, que crecerán apartados de ella en los años más cruciales de su formación como personas. ¿Acaso no es todo esto violencia contra la mujer? ¿No espanta a los legisladores esta punta del iceberg sobre la que subyacen tantos malos tratos ignorados, tantas muertes con sus minutos de silencio y sus olvidos tras las lápidas de los cementerios?

La rebelión y caída de Juana, de quien el mundo ya se había olvidado al volver los niños a Cerdeña y su calvario dejar de ser noticia, ha vuelto. Tendámosle la mano.

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