Nieva, porco governo!

Con esta recurrida expresión se representa en Italia desde hace siglos lo que en España también sucede: la costumbre de echar sobre el Gobierno de turno la culpa de todo. Incluso de las incidencias meteorológicas, por muy preavisadas que hayan estado y por muy escaso margen de maniobra que aquél haya podido tener ante una naturaleza desatada.

La culpa siempre es del Gobierno y, por el contrario, el ciudadano nunca es responsable de nada. El pasado fin de semana eran días para el retorno de vacaciones. Y como bien sabe, servicios meteorológicos oficiales al completo y medios informativos de toda clase y condición habían anunciado con tiempo más que suficiente la llegada de un temporal de frío y nieve que iba a cubrir buena parte del suelo peninsular.

Pues bien, hubo ciudadanos que, vistos los pronósticos, renunciaron a ponerse en camino en espera de mejores condiciones. Otros optaron por darse la vuelta en cuando pudieron. Otros, finalmente –porco Governo-, optaron por arriesgarse, confiados tal vez en que les iba a ser suficiente con ponerse detrás de alguna máquina quitanieves para poder llegar a destino, con niños a bordo en más de un supuesto y con la tarde/noche encima.

Con lo que no contaron los desaprensivos conductores fue con lo inevitable y con lo que de alguna manera se podía haber visto venir: que la nieve no concreta ni precisa la intensidad de su caída; que tan pronto deja de hacer acto de presencia como vuelve; que las máquinas en cuestión al final no pudieron circular con la asiduidad deseada debido al monumental atasco creado por cientos de coches cruzados entre la nieve y el hielo; que quedaron bloqueados todos los carriles de la carretera o autovía de turno y que aquello imposibilitó todo tránsito.

Como suele suceder en situaciones similares, es de suponer la presencia de vehículos que no llevaban puestas las cadenas o que no sabían cómo y cuándo colocarlas. Y es de suponer también que sí habría conductores debidamente equipados y preparados para la eventualidad. El hecho es que en todo caso pagaron justos por pecadores.
Ya se sabe que determinadas grandes emergencias no suelen tener una única causa. Pero lo que sí es cierto es que la torpeza e imprevisión de no pocos conductores fue fundamental para provocar lo sucedido.

Han dicho algunos –los de siempre- que toda esta explicación es pobre e insuficiente. Pero resulta –me parece- la más ajustada. Los de siempre han criticado también que la Administración no haya sido capaz de atender in situ a los afectados con alimentos, bebidas, mantas o acceso a refugios improvisados. Como si éstos –porco Governo- se montaran en un plisplás y como si tuviese que haber una patrulla de la Guardia Civil cada cincuenta metros para atender a cada coche atascado.

Sobraría recordar, finalmente, que ha sido la UME, un cuerpo militar especializado en grandes emergencias, la que con su eficacia habitual resolvió la situación. Y que yo sepa, la Unidad Militar de Emergencias –entiéndaseme bien- también es Gobierno de España. Tan desamparados, pues, no estuvieron los ciudadanos.

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