El día del Rey

 

 

El día de Reyes había llegado a convertirse en el día del Rey por celebrarse el cumpleaños de Juan Carlos I, con una gran fiesta de boato casi anacrónico, hasta su abdicación en 2014. El de este año, fecha en que el monarca sin corona ha cumplido ochenta ha llevado a la monarquía española a mostrar al mundo una familia real desestructurada, muy apartada de aquella otra idílica en la que todos los miembros sonreían felices a los objetivos de las cámaras, mostrándose como ejemplo y guía para el pueblo.

Ahora sabemos que la imagen de entonces formaba parte del protocolo habitual que, aunque no desmentía los rumores al uso sobre la realeza, mantenía la compostura. La foto actual, de una comida de rigor y seguramente de amor familiar, nos muestra una naturaleza más acorde con la realidad. Un rey y una reina jóvenes para los que el divorcio de ella no ha sido obstáculo al construir su convivencia oficial. Una infanta divorciada con sus dos hijos ya mayores flanqueando a los abuelos, Juan Carlos y Sofía, que ya no ocultan su separación de hecho. La ausencia de la otra infanta y su marido, encausados por la Justicia, por desterrados del paraíso. Y las dos herederas en primera línea, con la candidez propia de la edad y el perfume de clase alta adecuado a su educación.

No sé si la Casa Real ha querido con esta foto despedir de la vida pública a Juan Carlos o resucitarlo tras tres años de sonadas ausencias. Sea cual sea la intención, la decadencia de la monarquía borbónica es la imagen más potente de esa foto. Aquella aureola de realeza capitana de la Transición se ha desvanecido en la última década de reinado del patriarca. Y helos ahí con más pena que gloria cumpliendo el rito del cumpleaños.

Felipe VI ha heredado una corona marcada por el desprestigio sin el aval de los logros del pasado. Él no ha aparecido en ningún momento como un rey necesario. Está, simplemente, ajustado a la tradición. Y además, es ese sentido tradicionalista y formal el que está transmitiendo la idea de un acercamiento de su monarquía a las derechas conservadoras, nada acorde con la trayectoria pluralista, e incluso de connivencia, de Juan Carlos con las izquierdas.

La ruptura de Juan Carlos I con su padre, Juan de Borbón, se vendió y aceptó como una cambio, aunque no fuera cierto, de la filosofía e ideología monárquica. El distanciamiento de Felipe con Juan Carlos emite olores de venganza y vergüenza por los últimos acontecimientos y las añejas historias, ahora aireadas, del rey emérito. La energía de Juan Carlos en los momentos difíciles le granjeó prestigio, aceptación popular y olvido de su vinculación con el franquismo. Felipe VI en el órdago de la crisis catalana ha aparecido como un enviado del Gobierno. Como el capitán de un barco sin destino.

Aunque la reforma de la Constitución está llamando a la puerta, aún no está sobre la mesa el dilema entre república y monarquía, que podría entrar en el debate. De momento está el grito de esa foto del 80 aniversario de Juan Carlos en familia.

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