Un país de viejos

Galicia perdió cerca de 25.000 habitantes en los dos últimos años y 77.000 desde que se firmó en el 2009 el último acuerdo de financiación autonómica. No es extraño que el presidente Feijoo esté preocupado y busque alianzas con las comunidades vecinas, afectadas por el mismo problema. «La demografía gallega se parece a la que deja una catástrofe o una guerra», afirmaba con dramática precisión Manuel Blanco Desar, destacado experto en demografía en una entrevista que publicaba La Voz el pasado domingo firmada por Carlos Punzón.

La búsqueda de alianzas entre dos o tres comunidades autónomas o la concesión de ayudas de pago único por hijo nacido suenan a tratar de frenar un tsunami con un paraguas.

 Con más defunciones que nacimientos, con una insostenible proporción de activos por jubilado, con la sangría de la emigración juvenil y sin atractivo para la inmigración, vamos a paso acelerado hacia un país de viejos. Algunos estudiosos aseguran ya que el proceso ha entrado en una fase irreversible.

Lo será, sin duda, si no se generan oportunidades laborales para los jóvenes, el empleo que se ofrece es en su mayoría temporal y precario, la posibilidad de un embarazo constituye una espada de Damocles sobre la carrera profesional de las mujeres, criar hijos sea al menos cosa de dos y no solo de una, la conciliación real sea un sueño inalcanzable para muchas madres y padres…

Quizá la siempre olvidada reestructuración del sector primario pudiera hacer una labor parecida a la que desempeñaron los monjes del Císter en el medievo. Si no, el último que apague la luz.

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