Sin novedad en Viena

Lo mío nunca ha sido eso de correr maratones el uno de enero o tirarme de cabeza a aguas gélidas como lo hacen mis antepasados rusos. Tampoco soy una aficionada a los deportes de invierno ni a los saltos mortales en las montañas suizas. Formo parte de los 50 millones de espectadores del planeta que a las 11 de la mañana están delante de la tele esperando el tradicional Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena.

Es una tradición a la que estoy abonada desde tiempos ya inmemoriales, es lo que tiene ir cumpliendo años de manera desaforada.

Pero lo que sí es nuevo para mi es la manía que me ha entrado de contar, en cada plano que una perfecta realización televisiva concede a la orquesta, a las escasas mujeres que integran la Filarmónica de Viena. No es una tarea muy difícil: el concierto es lo suficientemente largo y las damas siempre son, irremediablemente, pocas.

Diría que, además de irremediablemente, también intencionadamente. Porque a pesar de las críticas anuales que recibe la orquesta más famosa del mundo por su comportamiento sexista, no parece que su dirección tenga muchas ganas de cambiar el rumbo. El vals parece seguir el mismo cauce establecido en el XVIII y con escasas intenciones de adecuarse al XXI.

Son ya 176 los años de historia de esta orquesta. Hasta el año 1997 las señoras estaban simplemente prohibidas entre sus músicos. Había, sin embargo, una arpista que tocaba pero lo hacía (como diríamos hoy) en “negro”, llevaba haciendo sonar su delicada arpa 20 años pero nunca reconocida como miembro de pleno derecho de la Filarmónica.

A partir del 97 las cosas empezaron a cambiar. Tanto, que en el 2003 uno de los músicos integrantes dijo: “Tres (mujeres) ya es mucho. Cuando lleguemos al 20%, la orquesta se arruinará. Nos hemos equivocado y lo lamentaremos amargamente.”

Se diría que hablaba Mefistófeles anunciando la llegada del demonio. No pasó nada y en el año 2005 una mujer dirigió la orquesta, aunque no el Concierto de Año Nuevo. Tampoco es necesario exagerar…

Esta vez he vuelto a contar. Otra vez siete, número cabalístico. Cuatro violines, una viola, una arpista y una flauta travesera. Ah, olvidaba contarles que la orquesta está formada por 148 músicos, más el director. Lo digo por si alguno de ustedes tiene también la manía de ir haciendo cuentas.

También es cierto que el nuevo año tiene otra tradición, la de pedir deseos. Esto es lo mejor, porque pedir es gratis. Mi abuela, que era una buena judía y que -precisamente- nació en un pueblo muy cerca de Viena, siempre decía que si algo era gratis había que cogerlo.

Así que pido un deseo: que llegue un año en el que el Concierto de Año Nuevo sea dirigido por una mujer y que suenen las palmas del público del Musikverein acompañando la Marcha Radetzky. Será la expresión de un bonito -y significativo- cambio de tendencia.

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