Odiosos balances

Mientras esperaba a que vinieran a detenerme me entretuve viendo y escuchando los odiosos balances que, como pesas de plomo, caían por todas partes y desde todos los medios de comunicación. Si algún día llegara a tener poder para ello, sometería a todos nuestros políticos al martirio de escucharse y a los contrarios con las conclusiones que sacan estos días de fin de año. Quizás así aprendieran a practicar el diálogo, la concordia y descubrieran que carecen de sentido común.

Odio comprobar la facilidad que tienen -todos, sin distinción de color político- para en sus balances ignorar la viga en el ojo propio mientras engrandecen la paja del ajeno. Odiarlos se convierte para mí en un antídoto contra la intoxicación mental a la que someten a la ciudadanía.

Odio a esos 54 canallas que en el balance de este año han asesinado a sus parejas, pero no por ello debo dejar de odiar a quienes han aireado pactos de Estado contra la violencia de género y no han puesto un solo medio para luchar contra ella. Y odio a todos cuantos tienen la responsabilidad de educar contra esas machadas y no aportan ni un euro para cambiar e implementar el rumbo de las medidas educativas, único germen de un futuro mejor en la convivencia entre hombres y mujeres.

Odio a quienes, viendo este año, a esos 27 huérfanos de la violencia de género, no tienen el coraje de aprobar leyes para protegerlos y se enredan en la burocracia de la mentira permanente.

Odio a quienes en los balances anuncian la recuperación económica y se olvidan de la existencia de los bancos de alimentos, de la emigración de jóvenes en busca de trabajo, de los ERE que aún explotan por todas partes, de que nuevamente el ladrillo y el turismo se han convertido en nuestro pan, de la precariedad laboral incesante… que desmienten la recuperación.

Odio a los bancos, rescatados con el dinero de todos, convertidos en cómplices de Curro Jiménez y El Tempranillo, entrando a saco en las pequeñas economías de las aplastadas PYMES con trampantojos de ilusión y ofrecimientos equívocos, cuyo único objetivo es incrementar los beneficios de sus cuentas de resultados. Odio a quienes durante este año han sembrado la discordia entre los pueblos de España, con el único objetivo de alcanzar parcelas de poder. A quienes con la miopía de las banderías han conseguido romper en mil pedazos la convivencia de las calles, de los hogares, de las barras de los bares, de las tertulias… Un odioso balance de cerrazón.

Odio a quienes en este 2017 han conseguido levantar e imponer el pendón del “delito de odio”, con el mismo espíritu de aquella “ley de vagos y maleantes” que nos acogotó en el pasado. Odio a esos leguleyos porque desconocen que el odio, desde Caín y Abel forma parte de la condición humana y solo con la educación y no con la represión se corrige.

Ha sonado el timbre de la puerta, he ido a abrir ya vestido, pero aún no ha llegado la Policía a detenerme, acusado de delito de odio. Era la panadera. Sigo esperando. Feliz 2018.

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