Los votos y la razón

Dijo Rajoy que ellos son el lado bueno de la película y las carcajadas retumbaron contra las bóvedas del cine. Gritó Puigdemont que la República catalana non nata había vencido a la Monarquía del 155 y el estupor se extendió como una capa de gelatina sobre el pensamiento y el raciocinio. Inés Arrimadas proclamó el triunfo de lo nuevo sin mirar dentro de su bolso, donde lleva el rancio sello de la derecha tradicional, ahora llamada en Cataluña constitucionalista.

Los de ERC, sin ocultar su decepción pero proclamando el respaldo de los electores, tomaron de nuevo el cubo y el hisopo del monaguillo y se dispusieron a cantar una salve gregoriana ante el altar de la vieja CiU asentada en Bruselas. Miquel Iceta recogió velas antes de quitarse la corbata para subir un simple escaño. Los de Colau e Iglesias se escaquearon tras los bombos de la lotería de Navidad y los de la CUP, en la mejor línea anticapitalista, pasaron a valorar sus cuatro escaños en monedas de oro.

Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera Albiol, asumió el fracaso absoluto que representa para los siete partidos en liza el resultado de la convocatoria extraordinaria de Rajoy, el bueno. Actitudes ya sabidas que, como siempre, manifiestan la lamentable falta de inteligencia y astucia anidada en todas las formaciones políticas de nuestros días.

Recogida la cosecha de votos parece que nada haya cambiado en el anacrónico problema catalán, más allá de haberse conformado dos bloques antagónicos, con la Constitución como frontón, hijos del agua y del aceite imposibles de combinar.

Sin embargo, si además de soberbia y ceguera, de intereses espurios y corrupción, hubiera lucidez, veríamos que Cataluña es una comunidad tradicionalmente de derechas donde han triunfado dos partidos de esta ideología, C’s y JUNTSxCAT. Seguidos por ERC, que de izquierdas solo tiene las siglas, y de republicanos de derechas bastante. Entre los tres suman 103 escaños y dos combinaciones posibles: Arrimadas y Puigdemont, mayoría absoluta con 71 escaños; y el expresidente con Junqueras con 66, siervos de la CUP.

Quiere esto decir que, si en sus cerebros reinara el sentido común para salir del atolladero, los tres partidos en tono a una mesa podrían logar un acuerdo sensato. Pero no, porque el mercado de los voto les puede. C’s aspira a crecer cosechando en los abandonados caladeros de CiU. El PDeCAT, heredero del naufragio convergente, teme a C’s más que al brebaje separatista de ERC. Y a estos, solo el sueño de la Republica los mantiene despiertos, aunque deban aliarse con el diablo.

Por tanto, una vez más las triquiñuelas oportunistas, a la sombra de los errores del PP, mantendrán el espectáculo de la discordia catalana, sin interlocutores realmente válidos, sin directrices coherentes y con argumentos peregrinos. Tales como los escuchados la noche electoral, donde vimos a los independentista proclamar que los votos les habían dado la razón. Olvidando, como sucedió tantas veces con los políticos corruptos repetidamente electos, que los votos otorgan el poder pero en ningún caso dan la razón, y mucho menos a quienes la han perdido al prevaricar y burlar las leyes.

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