La doble cara de unas elecciones

Aunque no por temida y esperada, la peor noticia de la jornada electoral de ayer ha sido que todo va a seguir igual. Como bien se sabe a estas horas, si los recuentos no ajustan resultados y la Justicia no para su reloj, el proyecto independentista y antiespañol seguirá adelante en Cataluña. Las gentes de Puigdemont y Junqueras se van a servir solas para gobernar aun sin el apoyo de la CUP.

Por el contrario, la mejor noticia ha sido el triunfo incontestable y más que meritorio de Inés Arrimadas. Ha ganado con claridad en votos y escaños. Por primera vez desde que las elecciones de 1980 abrieron la serie, un partido no nacionalista se ha impuesto allí en una convocatoria autonómica. Ha dado a su partido un primer triunfo electoral. Ha sido una buena candidata, convincente y convencida. Sin el aire de superioridad y mal humor que en no pocas ocasiones caracteriza a su jefe de filas. Ha cuidado hasta el extremo su imagen gráfica. Al final, dentro del bloque constitucionalista se llevó el gato al agua del voto útil.

En estas últimas horas se ha repetido que Arrimadas y Ciudadanos han sido quienes mejor han capitalizado la aplicación del 155. Creo, sin embargo, que el polémico artículo que propició la intervención del Gobierno central sólo ha servido, desde la óptica electoral, para hundir al Partido Popular en la miseria en que le ha dejado. Pero no podía haber resultado de otra forma.

El PP viene siendo desde hace no pocos años marginal en Cataluña. En sus mejores tiempos (2012) no pasó de quedar a seiscientos mil votos por debajo del ganador. Y en la convocatoria de 2015 fue el quinto de los seis grupos que entraron en el Parlamento regional. Ahora, como digo, no cabía esperar otra cosa.

Partido Popular y Rajoy representan Madrid; el malhadado Gobierno central; la España de la que tan distinta y distante se siente buena parte de la ciudadanía nacida en Cataluña. Por decirlo de alguna manera, ésta lleva en su ADN identitario un gen supremacista y de intangibilidad ampliamente compartido, a derecha e izquierda, por el espectro político y social. Es un sentimiento trasversal, como se dice ahora, que unos manifiestan más que otros, pero que es ampliamente participado.

Así las cosas, nunca le perdonarán la ocupación de la Generalidad y la intervención de la Policía Nacional, porra en mano, en la jornada del ilegal referéndum del 1 de octubre cuando quienes estaban obligados a haberlo hecho, la Policía autonómica, no lo hacían, en un comportamiento que ha sido calificado de traición. Lo que digo: se consideran intocables.

He de confesar, finalmente, que tengo ganas de ver cómo y cuándo Ciudadanos baja de la nube. Es decir, cuándo se va a dejar de generalidades; cuándo va a concretar, por ejemplo, qué piensa sobre el futuro de Cataluña y cuál va a ser su posición en el inevitable debate a abrir en torno al siempre cuestionado encaje de aquella comunidad en el resto de España.

Porque siendo cuestión no menor, de ello nada han dicho Rivera y su victoriosa candidata ni en el programa electoral, ni en los mítines, ni en las no pocas entrevistas concedidas. Hablar desde el no gobierno es muy fácil. Descender a controversias complejas ya resulta otro cantar.

Es la asignatura pendiente de Ciudadanos y sus gentes. Es de suponer, por otra parte, que si ya antes era para el PP un socio incómodo y enfurruñado, un Rivera crecido será de aquí en adelante para Génova desagradable y hasta en ocasiones inaguantable.

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