Portugal en alza

Con manifiesta satisfacción medios políticos y periodísticos han recibido aquí la elección del ministro de Finanzas portugués, Mário Centeno, como presidente del Eurogrupo. Unos, porque reconocía la credibilidad internacional de un país vecino y amigo. Y otros, por lo que entendían como una nueva muestra del decreciente peso de la España de Rajoy más allá de nuestras fronteras.

Meses atrás se decía que el Gobierno estaba manejando el nombre de Luis de Guindos para encabezar el grupo de ministros de Economía y Finanzas de la zona euro. Pero después volvió sobre sus pasos. Al final no presentó candidatura alguna y apoyó al aspirante luso. Al final ha optado por centrar esfuerzos –aseguran- en conseguir la vicepresidencia del Banco Central Europeo; es decir, en hacer a algún nombre español (no necesariamente De Guindos) número dos de Mario Draghi en Frankfurt, cuando dentro de seis meses se produzca la vacante.

Los expertos recuerdan el equilibrio de colores políticos que en la UE conlleva todo nombramiento, así como el hecho de que en estos momentos el Partido Popular Europeo (PPE) cope los despachos primeros de las tres grandes instituciones comunitarias (Consejo, Comisión y Parlamento).

Al tiempo, el presidente saliente del Eurogrupo, el holandés Dijsellbloem, pertenecía a la familia socialdemócrata. Sustituirlo, pues, por otro del PPE se antojaba más que complicado. De hecho, de los cuatro candidatos que finalmente optaron al puesto ninguno procedía de las filas populares.

Tal vez el Eurogrupo ofrece mucho foco mediático. Pero puestos a elegir, había y hay razones de mayor alcance para preferir el BCE. Y es que desde la vicepresidencia en Frankfurt nuestro país se aseguraría ocho años de influencia (frente a los dos y medio en Bruselas) en la institución más determinante de la arquitectura del euro y en un momento clave de su historia: cuando ha asumido la supervisión de la mayor parte del sistema bancario europeo y cuando toca recuperar la normalidad monetaria después de una década de heterodoxas inyecciones de dinero.

De todas formas, la pequeña escaramuza electoral ha dado ocasión para ensalzar el buen momento del país vecino, que aparte de logros en campos como la Eurocopa y Eurovisión, tiene a un compatriota, António Guterres, al frente de la Secretaría general de la ONU y a Mário Centeno (el Ronaldo de la economía, dicen allí) ahora en el Eurogrupo. Portugal parece estar de moda.

Mucho se habla, en efecto, de su buen momento económico después del duro rescate que hubo de asumir para evitar la quiebra y, sobre todo, de la reducción del paro, que de acuerdo con las proyecciones del FMI caerá por debajo del 9 por ciento durante el ejercicio de 2018.

Convendría recordar, no obstante, que Portugal crea, sí, empleo, pero gracias a las reformas introducidas no tanto por las políticas de izquierda del Gobierno actual (lleva sólo dos años en el poder), cuanto por el grueso de las exigidas en su momento por la troika comunitaria. El abaratamiento del despido, la congelación del salario mínimo y el menor peso de la negociación colectiva explican la mejoría laboral.

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