Zoido, como Trapero


El ministro Zoido nos contó el otro día una batalla inverosímil. Después de la no intervención de la Policía autonómica, hoy bajo sus órdenes, para contrarrestar los efectos de la huelga revolucionaria del miércoles en Cataluña, nos salió el titular de Interior con aquello de que se habían defendido los derechos de todos los ciudadanos; que no era un día para caer en provocaciones, y que no había motivos para la alarma,

Como popularmente se dice, no se lo creía ni él: no se intervino porque no se quiso; porque se pretende pasar lo más inadvertido posible –hasta se presume de ello- y que el cativo 155 aplicado no se note; porque al igual que con el desaparecido mayor Trapero, se habrían dado desde arriba instrucciones para que así fuese; porque no se quisieron revivir eventuales imágenes como las contundentes del día del referéndum; en definitiva, porque estamos en vísperas electorales y Gobierno y PP se juegan mucho en las prematuras urnas del 21-D.

Al igual que el destituido Trapero, el ministro echó mano de las “consecuencias inimaginables” de una intervención policial en las estaciones de Sants y Girona. A este paso, parece que determinadas Policías sólo están para resolver situaciones fáciles. No obstante, en una jornada como la que se veía venir, hubiera sido elemental y no complicado prevenir la ocupación de las mismas. Pero ni eso. Si ya los autodenominados Comités de Defensa de la República (CDR) habían más que madrugado para iniciar su despliegue, no se entiende por qué los Mossos, hoy de Zoido, no hicieron lo propio.

Por otra parte, las barreras humanas levantadas por los piquetes para cortar vías públicas eran sensiblemente menos nutridas, menos aguerridas y más endebles que las dispuestas días atrás para impedir el cierre de los colegios electorales abiertos. ¿De verdad se habían defendido los intereses de los miles de ciudadanos afectados? ¿De verdad hubiera significado una provocación la actuación en tiempo y forma de las fuerzas de seguridad? Se pudo haber intervenido –repito-, pero no se quiso.

Seguimiento mínimo; daño máximo, puede ser el mejor resumen de la jornada, diga lo que diga el ministro. En el fondo, la ofensiva informativa desplegada después por Interior ha pretendido justificar lo injustificable: la pasividad policial. Y así las cosas, los calculismos del Gobierno central han sentado un peligroso precedente de aquí a la jornada electoral del mes que viene.

De todas formas, vistos los variopintos episodios que han jalonado el proceso, el Gobierno debería tener ya más que aprendido que para hacer frente a los golpistas y sus seguidores no ha habido remedio más eficaz y pronto que el castigo, las multas económicas y la cárcel; el miedo, en definitiva.

En cuanto el TC les pasó la factura a pagar, la Junta electoral rebelde dimitió con un pie delante de otro. Y para mayor y más reciente abundamiento, que se lo pregunten a la señora Forcadell: para vergüenza de sus correligionarios y descrédito general no ha tenido empacho alguno en, a las puertas de la prisión, caerse del caballo y desvincularse del golpe separatista, habiendo sido como fue una de sus principales impulsoras. Por un mínimo de dignidad bien haría con dejar ya el coche oficial y desaparecer de la vida pública.


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