Ana Pastor pide silencio

No sólo no lo amonestó, sino que hasta seis veces pidió silencio a los diputados que con rumores y protestas mostraban su lógica disconformidad y desagrado ante el espectáculo al que estaban asistiendo. Incluso amenazó con llamar al orden “por su nombre” a los que en mayor medida alzaban la voz. Pero Rufián, imperturbable e incluso provocador desde el escaño, continuaba mostrando unas esposas con las que deseaba ver algún día maniatado al presidente del Gobierno. Y la presidenta Ana Pastor seguía pidiendo silencio en el hemiciclo.

Pocos personajes tan siniestros habrán pasado por el Congreso como este representante de Esquerra Republicana (35 años, hijo de padres andaluces), al que la presidenta de la Cámara le permite en vivo y en directo todo y que está haciendo no ya bueno, sino incluso santo a su compañero de filas, el otrora locuaz y tampoco suave Joan Tardá. Con tan agresivo talante, no le veo yo mucho futuro ejerciendo su profesión como máster en recursos humanos, experto en formación y comunicación. Amonestarlo en privado y a toro pasado como pretende la señora Pastor, no sirve para nada.

Tras el numerito habitual, la sesión de control al Gobierno siguió con otro sinsentido de más normal desarrollo parlamentario, sí, pero no menos revelador del despropósito de todo el proceso independentista. Corrió a cargo del diputado de la casi extinta Convergencia Carles Campuzano: pedía garantías de que el Gobierno respetará el resultado del 21-D si las urnas dan la mayoría al bloque secesionista.

La verdad que causaba una cierto rubor ajeno escuchar invocaciones a los principios democráticos de boca de quien y quienes se han saltado a la torera no ya la Constitución y las sentencias del Tribunal Constitucional, sino hasta a sus propios asesores, leyes y procedimientos para forzar el callejón sin salida en que por su cuenta y riesgo se metieron.

Pero es en lo que están: en la desfachatez de reconocer ahora, con varios de sus fugados cabecillas dando tumbos por calles y parques de Bruselas y otros en la cárcel, que cabe “otra relación con España” que no sea la independencia; que no había suficiente masa crítica para llegar a donde han llegado; que la independencia no es para impacientes, y que hay que hay acompasando ritmos a la realidad de los hechos. ¿Puro repliegue táctico? Otra explicación no cabe.

Todos estos episodios les están recordando a muchos el estrambote del celebrado soneto cervantino al túmulo de Felipe II en Sevilla (1598), que dice: “Luego, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada”. Y así está siendo: porque perdón no piden y no parecen sonrojarse por nada.

Como todo acusado, tienen derecho a no incriminarse. Pero cualquier cabecilla de cualquier proceso revolucionario tiene el deber –se ha recordado- de defender su sueño aunque en ello le vaya la vida. Les ha sobrado osadía e irresponsabilidad y les está faltando dignidad.

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