A Puigdemont le crece la nariz


Tengo que reconocer que en la noche del martes, cuando Puigdemont hablaba ante el Parlamento de Cataluña, me tuve que pellizcar varias veces la cara. No me creía lo que estaba oyendo. Mentira tras mentira en un discurso que motivó el rechazo y precipitó el abismo o la ruptura total con sus socios de la CUP que lo han mantenido con alfileres y han manejado las cuerdas como si se tratase de una marioneta que repetía como disco rayado que Cataluña sería independiente y que se crearía la República catalana. Los antisistema, independentistas y demás calificativos que se les quieran poner, le han dado un mes de plazo para que de forma directa, sin palabras de medio pelo y retiradas en segundos o suspensiones que nadie comprendió, proclame la ruptura y la creación de ese denominado estado independiente para los catalanes.

Al presidente, que tiene que serlo de todos los catalanes y no solo de esa de parte que se mueve en la calle con violencia y sigue manteniendo el odio, la sinrazón, la soberbia y la condición genética como bandera, le sigue creciendo la nariz como al Pinocho del que hablé no hace muchas lunas. Miente de forma compulsiva cuando habla, y el martes lo hizo con insistencia cuando llevó a cabo un relato sesgado enumerando de forma partidista lo que había ocurrido con el pueblo catalán durante décadas. En fin, un mal periodista metido a político

Puigdemont no fue capaz de inmolarse como esperaban esos miles de seguidores movidos por la CUP, y sus dos organizaciones Ómniun Cultural y la Asamblea Nacional Catalana que reciben millones de euros de los fondos de los presupuestos de la Generalidad para seguir manteniendo en la calle a esos miles de independentistas que resultaron frustrados cuando comprobaron como la proclamación de la independencia duró menos de diez segundos. El tiempo en el que el presidente catalán la proclamó y acto seguido la dejó en suspenso. Las caras de los parlamentarios de la CUP fueron un poema. Lo mismo que las de los que mantenían banderas y pancartas cerca del Parlamento catalán para iniciar el que esperaban fuera el recorrido de vuelta a sus casas siendo ya una República totalmente independiente: ¡¡¡Ilusos!!!.

Puigdemont defraudó a todos. Sus mentiras quedaron en terreno de nadie. Y lo único que buscaba era ganar tiempo al tiempo. Tiempo para permanecer de forma permanente en el proceso del independentismo, donde se vive muy bien con el dinero de los españoles. Ese tiempo, amparándose en el diálogo que no puede existir, que le va a permitir seguir mintiendo a miles de catalanes que estaban convencidos de que se podía conculcar y pisotear cuatro decenios de democracia y romper la unidad de España.

Me tuve que pellizcar varias veces la cara. Puigdemont sigue con su huida hacia adelante, y es capaz de desobedecer hasta sus propias leyes… Creo que la frialdad detrás de las rejas como habitación pesó más que todas sus soflamas, mentiras y su permanente distorsión de la realidad. Lo cierto es que la fractura que ha producido entre los catalanes seguirá manando sangre de odio y dolor por mucho tiempo. La independencia a plazos o en diferido sigue promoviendo el caos en Cataluña. Ha sido una especie de independencia de quita y pon. Propia de un muñeco de madera salido de un cuento, como Pinocho. Y como al del carpintero Gepeto, al muñeco Puigdemont le sigue creciendo la nariz…


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