Arde el Parlamento

Ló más innovador de los incendios de la pasada semana fue la penetración del fuego en el callejero de Vigo. Nunca antes una de nuestras aglomeraciones urbanas había visto las llamas cruzando sus puertas. Innovador y sorprendente porque no fueron solo las masas forestales o los montes para pastos las víctimas de los “capitanes cerillas”, señalados en las aldeas como pirómanos fantasmas. Los incendiarios llegaron hasta el monte del Castro, a las puertas de la propia casa consistorial viguesa.

Quizás tenga razón el presidente Feijóo cuando afirma que este suceso incendiario fue una forma de terrorismo. Y los ataques de esta índole son difícilmente previsibles por muchos recursos que se usen o se dejen de aplicar. Pero también es cierto, como afirmó la oposición en pleno, que las políticas forestales de la Xunta son ineficaces desde la prevención al apagado de los incendios.

Esta semana hemos visto arder el Parlamento con acaloradas discusiones, rayanas en el insulto, presas de la indignación y dramatizadas para mejor captar el interés de micrófonos y cámaras de televisión. Sin embargo no hemos escuchado ni un solo argumento nuevo, ni una sola propuesta de solución, por parte de ninguna de las formaciones que se sientan en el hemiciclo del Hórreo. Toda la traca se ha quedado en la vana petición de responsabilidades con los mismos viejos argumentos de siempre, que saltan de las bancadas del PP a las del PSdeG, BGN o En marea, tanto si gobiernan unos u otros.

Las respuestas de Feijóo ya se las escuchamos en su día a González Laxe, a Fraga, a Pérez Touriño, a Anxo Quintana o a sus conselleiros subordinados cuando gobernaban. Las razones de la oposición las hicieron suyas Feijóo y Cuíña o Portomeñe cuando ejercían de látigos de herejes sin poder. Es decir, todo lo escuchado y cuanto se diga la próxima semana no pasa de ser fuego fatuo. Una vez apagado volveremos a bailar la canción del olvido y sus señorías se aplicarán a cualquier otra escena espectacular. Y esto cansa al votante, despoja de credibilidad al parlamentarismo, nos hace sentirnos dejados a la suerte de las circunstancias y no soluciona el problema.

Desde los años ochenta, el rural arde porque está abandonado. Y cuando deje de hacerlo será porque ya no haya nada que quemar. Arde porque existe una industria y un comercio del fuego no declarados. Solo cuando ese negocio deje de ser rentable desaparecerán los pirómanos. Arde porque las provincias de Ourense y Lugo albergan en su rural más pensionistas que gente moza. Ancianos que se llevarán a la tumba modos de vida rústica imposibles para sus descendientes, desde hace tiempo, exiliados en las grandes ciudades.

Allá por 1983 recuerdo a José Luís Barreiro Rivas, vicepresidente de la Xunta, y a algunos urbanistas hablar de la necesidad de articular el territorio gallego para salvar el rural. Treinta y cinco años después nadie ha puesto ese cascabel al gato del atraso de Galicia. Y los incendios son el grito desesperado de un territorio despoblado de gentes y de ideas de progreso.23

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