El fuego que ha de iluminar una esperanza

“A árbore é o símbolo do señorío espiritual de Galicia, é o engado dos ollos… dáno-la froita, pídelle a auga ó ceo, dáno-la sombra fresca no verán e a quentura garimosa no inverno, dáno-las trabes, o sobrado e as portas da casa… Na Nosa Terra danse as mellores árbores. O día que saibámolo que vale unha árbore, aquel día non teremos necesidade de emigrar”.

Alfonso Daniel Rodríguez Castelao (Rianxo, 1886-Buenos Aires, 1950) medico, caricaturista, escritor, emigrante exiliado, político gallego.

En Galicia el drama es el momento. Hoy, los incendios; ayer, el naufragio de un superpetrolero; mañana, quién sabe. Las estadísticas de abundante superficie arbolada y una situación central en el corredor marítimo europeo contribuyen a justificar algunos datos de sucesos ciertamente tristes, profundamente conmovedores.

Esta vez sólo una trama organizada, una estrategia precisa y un objetivo criminal pueden ser el origen en pocas horas de cientos de incendios provocados en circunstancias climáticas favorecedoras para su rápida expansión. Sequía -los embalses al 30% de capacidad-, temperaturas próximas cuando no superiores a los 30 grados -en pleno otoño-, viento racheado y pocas horas de luz -lo que perjudica la lucha contra las llamas-. El caldo de cultivo contaba con todos los ingredientes a favor de los terroristas del monte. Siquiera en este paraíso verdiazul del Noroeste de la Península Ibérica la vida puede preverse en todos sus extremos. En minutos, el rojo de las llamas convierte carballos -robles- y castaños centenarios en parte de un paisaje desolador, negro luto, como un mar petroleado.

En España se consigue apagar el 65% de los incendios en fase de conato. La hacen posible miles de millones de inversión, la eficacia de los medios de extinción -autobombas, aviones, etc.-, la profesionalización de las cuadrillas, la unidad de intervención rápida del ejército, la coordinación, los teléfonos de emergencias, la colaboración ciudadana…. El drama tiene protagonistas, muchos de ellos héroes anónimos, seres con coraje y decisión, dispuestos a entregar más de lo que cabe esperar. Es una característica muy española y muy gallega. Cuando se levanta el telón de la tragedia real: todos a una, recogiendo fuel del mar con barcas y cubos, ayudando en el accidente del tren de Angrois, o apagando lumes – como en esta tierra de ritos legendarios se llama al fuego-, dramático en el monte, festivo en la sobremesa de queimadas o en las lumieiras (hogueras) del mágico San Juan. Galicia se hizo en torno al fuego, en las lareiras, al calor del pote y de los cuentos de las abuelas. Ironías del destino.

La incultura de un pueblo sabio -el más tonto, abogado-, pervive en una población avejentada -el principal problema de Galicia es su demografía-, dispersa en pequeñas poblaciones -parroquias, aldeas, lugares, etc.- que suponen la concentración de la mitad de los lugares habitados de España en un 10% de su territorio, y que sufren una sangría permanente de población -los jóvenes universitarios emigran a Alemania o al Reino Unido-. En Galicia viven aproximadamente 2.750.000 personas, y su emigración, contando hasta la cuarta generación, puede alcanzar los siete millones. Los gallegos han forjado una parte sustancial de ciudades como Lisboa, La Habana, Buenos Aires, Montevideo, Madrid o Barcelona.

Es la gallega una sociedad desarticulada en su propio territorio, en una geografía bellísima pero disímil, con zonas costeras escarpadas, rías y playas maravillosas, islas, zonas llanas en el Lugo interior, montañas en la zona fronteriza con Castilla y Asturias que conforman una orografía difícil, como en las riberas del río Sil, como en el Miño que nos une a Portugal. Todo ello atravesado por mil ríos -esta temporada casi secos-, entreverados por entrantes de mar, poblados por un millón de vacas con nombre -Marela, Lara, etc.-. Minifundismo agrícola, competencia localista, disputas de servicios -sanidad, educación, etc.- y medios logísticos, no siempre superados por el afán de coordinación de las emergencias oficiales. La incultura crea orgullo, desconfianza y envidia significativa en zonas rurales que se extinguen, no exactamente por el fuego, pero sí por una economía devaluada, resultado del progresivo abandono del campo y la ganadería, arruinadas por las pensiones mínimas más bajas de España, y abandonadas por los jóvenes que se trasladan a zonas urbanas.

La cultura, basada en un idioma propio enriquecedor, crea poca industria y ha de basarse en subvenciones, siempre insuficientes, para mantener viva una lengua que ya era la de la corte de Alfonso X El Sabio, monarca excelso, creador de la Escuela de Traductores de Toledo, allá por el siglo XIII.

Galicia, la tierra de Salvador de Madariaga, uno de los europeístas más españoles -digo bien-, está situada en el Finisterrae romano, cuenta con tres universidades y siete campus. Es una potencia en Moda, con Zara, CH, Bimba y Lola; en Pesca, fue pionera de los barcos congeladores, que hoy le permiten pescar en los caladeros más distantes, una vez esquilmados los propios; en Turismo, el Camino de Santiago supuso un revulsivo con una incidencia en su del Producto Interior Bruto (PIB) de más del 10%, sumable en un sector que ya era importante con el atractivo de las rías, las playas de arena blanca, y una gastronomía excelente. En Automoción, destaca la factoría Citroën de Vigo. En el ámbito Agroalimentario, dispone de excelentes conservas y vinos de cinco denominaciones, con un mercado irregular. Los puertos sobreviven por su posición estrategia, pero faltos de unidad de acción. Los aeropuertos langidecen entre competencias locales inútiles.

En este contexto, la industria gallega de la madera representa un sector que engloba a unas 3.000 empresas, genera 70.000 puestos de trabajo y su actividad representa el 3,5 % del PIB de la región. Un dato revelador: la mitad de la madera que se corta en España proviene de montes gallegos. Los últimos datos facilitados por la Confederación Gallega de Empresarios de la Madera (Confemadera) revelan que las industrias de la Madera y del Mueble cerraron el 2015 con una facturación global de 1.941 millones de euros, un 11,2 % más que en el ejercicio anterior, en lo que constituye el mejor dato desde que se inició la crisis – el desplome del sector inmobiliario incidió gravemente sobre la industria del mueble. Además de aserraderos y rematantes, el sector cuenta con un excelente Clúster de la Madera -agrupa aproximadamente al 70% de la industria-. Entre las empresas destacan, en el tablero FINSA y en la pasta de papel, ENCE. El sector está esforzándose por su modernización y luchando denodadamente contra los problemas medioambientales que le afectan, y que en algún caso suponen graves contaminaciones puntuales y disputas por las especies replantadas, singularmente sobre el eucalipto.

Las mafias incendiarias han aprovechado una coyuntura climática singular, pero también unas circunstancias socioeconómicas que han presupuesto la desatención suficiente del monte -maleza, falta de interés, etc.-; el cambio de la cultura agrícola -abandono del agro y de la ganadería por falta de rentabilidad-; un gasto en extinción que puede rondar fácilmente los 100 millones de euros anuales -con intereses no siempre claros, aunque sí fiscalizados-; contrato de miles de trabajadores -que en muchos casos pretenden prolongar su situación laboral inestable más allá de los períodos de riesgo incendiario-; nula educación medioambiental; un sector profesional en maduración, incapaz todavía de imponer una explotación sostenible; intereses políticos divergentes; egoísmo… Todo ello tiene alguna responsabilidad en el fuego. La mafia es la mafia y lo sabemos, pero siempre hay factores que la favorecen en sus perversos intereses.

Cada árbol es hijo de la tierra, de la misma tierra que nos acoge como Madre simbólica de una naturaleza hermosa que debemos legar a las generaciones venideras como el bien más preciado. Quizás el fuego, más allá de sólo reflexionar sobre responsabilidades directas e indirectas, casuales o causales, permita iluminar mentes y reflexionar desde el Gobierno, la Universidad, la Industria y la Sociedad, uniendo esfuerzos e ideas esclarecedoras entre tanto humo. Gastar menos en extinción y más en prevención presupondría la consolidación de un sector industrial modélico y moderno, al estilo del Norte de Europa; conllevaría riqueza y empleo y, por lo mismo, recursos para la prevención. Dos mil millones de euros invertidos o quemados en veinte años en apagar llamas podrían haber contribuido a ello.

Los poetas, como los periodistas, escriben de palabras con palabras, madera del mismo árbol del que habrá de nacer el papel de los diccionarios de las palabras. Bajo la sombra, con el alfabeto de los bosques y el ritmo del caer de las hojas nos admiramos del parto endogámico: de la palabra al verso, del verso al poema, del poema al canto. La creación es explicada en sí misma cada vez que brota un árbol, pues con ellos nacen en cierto modo las palabras, las mismas palabras con las que yo escribo, en gallego o en castellano, mis reflexiones desde un lugar donde el mundo ha dado en llamarse Galicia, siguiendo la estela sabia de Rosalía de Castro, Castelao, Valle Inclán o Camilo José Cela.

La naturaleza y su preservación bien merecen el esfuerzo de todos, el entendimiento, la razón, la reflexión y la acción, incluso la de un pueblo viejo y sabio que estoy seguro va a permanecer unido contra los incendiarios y las malas decisiones. Ese sí es EL BUEN CAMINO. Eso pienso.

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