Bajo la bandera de España

 

España tuvo la suerte de Velázquez, de Zurbarán, de Murillo, de Goya, de Picasso. El nuestro es un país de pintacristos geniales y toreros rijosos, de meninas y curas falderos, donjuanes y celestinas, y también de ambiciones contables. Cálida tierra de poetas, como Bécquer, los Machado, Cernuda o Hierro, y de guerras hechas para novelar dolores de hermanos heridos, o muertos, enemigos casuales del mismo dolor que se autoprovocan.

España, una Historia que se cuenta como un cuento, con 27 letras, y que se vive siempre, en las tabernas, como si todo hubiese ocurrido ayer. Galdós atento, a pie de imprenta, para narrar las gestas a su manera. Larra en la calle para describir el suicidio de cada día. Hugh Thomas, con perspectiva distante, para desgranar la Guerra Civil. Darío Villanueva y sus Académicos actualizando el diccionario, con Guillermo Rojo, por si se escapa una palabra del pueblo.

De las locas hazañas se encargó Cervantes, con lugar sin nombre ni mancha, manco como Ramón María del Valle Inclán, esperpento carlista desuelado. De los sueños se rió Quevedo y los cantó Calderón. Literatura para un país de valientes gobernados por un militar reducido, un soldado de los generales y gallegos, crecido bajo palio, como el Señor manda, omnipotente, enredado en collares y arrimado de sayas. Astuto, austero y ahora ausente, por la gracia Dios y de los que pretenden renovar el Movimiento de sus restos caídos. “Al pudridero, al pudridero”, gritaran algunos. España de sello, moneda y timbre, de abonos aristocráticos en forma de óbolos, monarcas con bolsillos secretos, propinas irreferenciadas por Hacienda, recursos casi de circo o de feria de vanidades, de los lalandas, los manoletes, entre imposibles citas de Rafael “El Gallo” o ranas del Cordobés, faenas en la cátedra del toreo o en las Ventas. Casi todo cabe en la parrilla de El Escorial, para quemarlo, simplemente porque nos define, cual falla inquisitorial.

Todo parece toro, o paella, o pasodoble, o bajo el sol, o todopoderosos señores, caciques con derecho de pernada. Charanga, pandereta y tópicos. Todo aparenta coplas o danzares de folclóricas, flores esenciales, o bailadores, con palmas que de palmas vuelan; señoritos de capa de cebolla -que llora con Nana por Miguel Hernández-, y espada -como la del Cid glosado por otro don Ramón, y gallego, Menéndez y Pidal-.

España aloque, diversión enmarcada sobre fondo azul, donde un clavel es una rosa despeinada. España de verbena de Maruja Mallo, roja y moderna; cardenales rojos; marquesas rojas, nunca coloradas; sangre y arena, como para que las bravas reses reaccionen y corran tras los rojos atavíos sobre blanco de las San Fermines, y los cornudos sientan pena de no ser ellos los que empitonen a los queridos de sus mujeres en una tomatina, bajo un toro de Osborne enlutado. España negra, crímenes pasionales para Margarita Landi, para publicar en El Caso de roja cabecera, que ya no existe, como tampoco se conserva la camisa azul de Eugenio Suárez, su editor.

Señoras hermosas, morenas, de ojos de sabiduría, madres y cármenes cigarreras, arreboladas. En todo mejores que las invasoras suecas sesenteras. Señores machos y olé. Entremedias divertidos. Tolerancia imprecisa.

Una España Lorca, enterrada de sí misma, en una cuneta eterna, trentaisesina, como víctima de un pecado mortal ensimismado en la que yacen Séneca, Marcial, Averroes, Maimónides o Viriato.

Algún día seremos libres, como en Cádiz, en 1812, o nos descubriremos a nosotros mismos en taparrabos en Atapuerca, con vestigios de algún genovés despistado de cuartos y ansioso de haberes coloniales, y volveremos a pintar en Altamira, para recomenzar a sabernos españoles y humanos, y entender que para querer a España hay que saborearse, saberse y leer en Córdoba o en Granada a los árabes con su alfabeto, su palabras. Hay que hacerlo sin miedos, como si fuésemos nosotros mismos tras ochocientos años de genéticas cruzadas. Tenemos que rehistoriarnos para no expulsar a los judíos, o para dejar de que otros inventen por nosotros lo que ya sabíamos. O simplemente para dejar de renegarnos.

San Juan de la Cruz, Unamuno, Ortega y Gasset, Madariaga, Severo Ochoa y tantos otros, quizás se hayan ido para volver un día a reiventar una España en la que quepan catalanes, vascos, andaluces, gallegos… Cuantos conforman esa cultura universal y mestiza, romana, gitana, celta… que resbala en aceite de jamón ibérico o ensalza en los Princesa de Asturias a los mejores, a Nélida Piñón, hija de la emigración tan española como el exilio.

Requiebro de libertades inspiradas en leyes inmaduras, infecundas pero intencionales, dirigidas para llegar a Suiza disfrazados de monjas o de caimanes. La calle es nuestra y de los guiris cerveceros arrojados en nuestras playas.

Reino republicano de pasionales y Pasionaria, roja de roja mujer, de azañas y funcionarios. Somos Rosalía de Castro, y somos también el más machista de los países consagrados a María. Somos rosario de zambranos, un poco burros por Platero, rosas corregidas hasta la saciedad por Juan Ramón Jiménez, zenobias somos de saberes enaltecidos con Vicente Risco hasta las estrellas de Tagore. Somos levitables como teresas. Somos agerridos como para defender imperios que nunca nos pertenecieron, quizás sólo por intentar que el sol no se pusiese nunca, mareados como estábamos de voltear mundos en busca de especies y aventuras con elcanos, exaltados por porqueros que anunciaron culturas, mundos y mares. Somos Borgias de papadas inmensas y orgías mundanas. Arqueólogos espadachines que semillaron palabras que crecieron inspiradas para censurar los propios desmanes e incluso los aciertos.

Cuánta Historia, grande, mayúscula como los errores, audaz, incandescente, usurpadora, pero enorme. Cuántos tesoros conquistamos para los banqueros alemanes e italianos, los piratas ingleses, los soldados franceses, los comerciantes holandeses… Como si no bastaran los nativos para esquilmar bienes y aprecios sin ir a Flandes a ver como pintaban gremios. Cuánta cultura desparramada de eñes hemos regalado al mundo. También cuánto arte en piedra de Mateo o Gaudí elevado al cielo, o enmarcado en reales colecciones de pintura con Rembrams y Tizianos, cuantos otros menesteres quevedescos de calderones con barca para navegar tinteros, iluminar incunables o trazar hermosos textos en la Escuela de Traductores de Alfonso X El Sabio.

En qué manera esfuerzos para labrar tierras, avanzar mares, y gozar de cereales y vinos y pescados. Un español bebe la vida, la festeja en la vianda y la rebaña con pan, mientras la Historia se ahoga en los humos de La Habana añorada, en memoranzas bonaerenses, casi tangables, en ignorancia intencionada o analfabeta, fruto de escuelas insuficientes y de maestros brillantes. A veces es mejor no recordar. Nos salvan la inteligencia, la intuición, la picaresca, la alegría, los faroles; nos redimen la fuerza, nos disculpan los pocos sabios reconocidos y nos visten en arruga bella de Zara o Desigual o Domínguez. Amancio bendito, Ortega del corte español. Bimbas y lolas, escaparates de la España mejor y posible.

Somos de la estirpe de los pueblos nómadas, vinimos de la fábrica genética africana, que casi besamos con nuestro Giblartar inglés, que queremos en Melilla y Ceuta, que protectoramos y que dejamos ir en verde, no rojo, como en un reloj de arena que se fundió un imperio. De Europa nos separan los Pirineos, la Revolución francesa, la Ilustración. Nos perdimos lo mejor de nosotros mismos a cambio del mal negocio de las guerras, y a cambio encontramos clientes para venderles sol gualda a precio de saldo.

A América nos vinculan el Atlántico y la sangre, roja hermana, el saber de mares portugués, la suerte de saber gritar “¡Tierra!” al otear una especie de China prolongada.

Al otro lado, desde siempre, el Mediterráneo fenicio, griego, romano. El mar de Serrat, parte esencial de nuestra dieta cultural y alimenticia. Olas de alivio en forma de ingresos turísticos.

Más allá, Plus Ultra, Filipinas, olvidada y triste, como los últimos.

Entre los unos y los otros, nos sometimos al romano, le ganamos al turco, convertimos a indígenas, nos venció el inglés y la tormenta, expulsamos a judíos, vencimos a los franceses, nos gobernaron reyes alemanes, monarcas enfermos de sí mismos, locos de amor, napoleones en botella, traidores, foráneos enjambres de austriacos y borbones, que resultaron ser más españoles que nosotros mismos, y a los que el pueblo abanicó con vaivenes de inelegantes peinetas, al albur de intereses de asesores foráneos, bárbaros. Somos transición de un régimen de cuarenta años de potsguerra y de siglos de alternancias.

Conquistamos al Greco y al Bosco, parimos a Miró, nos bañamos con Sorolla, toleramos a Dalí con su galas de loco y su tiempo derretido en franquismo.

Somos románicos, barrocos en lo político, neoclásicos de tapa y caña, pero sobre todo somos barro místico cantado al son de guitarras, desamortizados ya de miedos inquisitoriales, presumimos de ser anticlericales descreídos, lo fuimos en verdad de procesión y cirio ante los grises.

España, lotera y aquinielada, un país ahíto de fútbol, baraja y pan. Ciudadanos seguidores de santanas, angelesnieto, ocañas, induraíns, sánchesvicarios, nadales, gasoles, alonsos o iniestas, individuales de moto, raqueta clasista, bicicletas y balón, hasta que se pudo beber en la Copa del Mundo, por fin un equipo, la roja. El que resiste, como Cela, gana el Nobel, al parchís y una marina – para yates del petroleo o de rusos indescifrables-, nos da igual vencer en un mundial sudafricano, al mus, o al tute.

Vengan hijos de San Luis, vengan moros por el Camino de Santiago. Vengan molinos o vientos, incluidas las tramontanas de Plá. Vengan crisis. Vengan nuevos filibusteros. Venganza y desconfianza. Unidas las disensiones, nos venceremos de nuevo a nosotros mismos; al menos en orgullo somos valientes, y ahora modernos, y universitarios por el mundo, y arrojados, y románticos empedernidos, latinos en fin del uno al otro confín, con un Espronceda y con cien cañones por banda. Claro que enfrente hay más bandas y más cañones.

En España, dicen algunos, se vive en el Paraíso, al menos esos algunos. Felicidad tragicómica la nuestra, de garcías y martínez enlutados, de taxi negro y franja roja. Zaragatera pero no triste, de sangre y arena, de marquesas y marujas, de baúles mundo de la Píquer y de maletas de cartón o la mexicana de Robert Capa. España rojigualda, dividida en dos o en diecisiete, pero hermana y fotogénica. El odio es clasista, mutuo y mata sin remordimiento, como el cotilleo televisivo o los lunch de canapé y diplomacia exenta de remordimiento, de bailes de salón con música de Falla o de Rodrigo. Un país de zarzuela y maravillosas voces como la de Alfredo Kraus, Domingo o Carrera, enmarcados a lo grande, a lo Caballé, a lo Arteta.

He dicho lo que he dicho y si no cabe todo ni todos, al menos se intuye la bandera. Seamos españoles y normales, lo primero es de honor. El resto es humor de Mingote o de Gila, o de Tip, o de Berlanga, del que ayuda a vivir sin Guernicas y nos retrata. ¡Olé y Viva España! Roja o gualda, sangre y arena. Vale.

 

Alberto Barciela es periodista

 

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