Los 3 felones

Poner al otro de patitas en la calle es, con frecuencia, el paso final de una quiebra matrimonial. Con tal gesto cesa violentamente la convivencia en común y la casa antes compartida deja de ser propia del desalojado. De morador pasa a ser intruso no deseado.

Los secesionistas catalanes tienen en mente poner al resto de los españoles de patitas en la calle en Cataluña y mostrarles que esa parte de su casa común ya no es tal. Su propósito es hacerlos extranjeros en una parte de su propio país. Dos millones de españoles quieren que otros cuarenta y cinco no puedan sentir como tal a Cataluña. A eso se reduce, retóricas al margen, el proyecto de los secesionistas. Y hay quien, sin contarse entre ellos, respalda esa pretensión y aun le llama democracia.

Muchos son los promoventes y los implicados en ese desmán, pero sus caras más visibles son tres. Se llaman Puigdemont, Junqueras y Romeva. Aunque su imagen juntos produce hilaridad, entre marañas de pelo, barrigas cerveceras y portes de matón, dicen ser la punta de lanza de los oprimidos, los mártires, los sufridores del sistema contra el que se alzan. Viendo su biografía, sin embargo, nadie lo diría. Los tres han alcanzado cotas de poder, relevancia social y acomodo económico del todo asombrosas en personas de tan corto talento (basta leer su currículum). Y lo han hecho al amparo de ese sistema que quieren quebrar, que nos ha permitido vivir en paz y normalidad hasta que llegaron ellos y sus fieles. Su rebelión, usando los poderes entregados por el Estado para tratar de destruirlo, tiene todas las notas de la peor de las felonías.

No sería justo, sin embargo, dejarlos portar en solitario tan infame estandarte. Inmediatamente tras ellos desfilan quienes los cobijan y los amparan con sus actos o sus argumentos. Entre ellos, los que, pese a alardear de su desvelo por Galicia, no han encontrado ni un hueco en su campaña de apoyo a los felones para reflexionar cómo les irá en la Arcadia feliz que estos prometen a los cientos de miles de gallegos que allí viven, pese a tener todas las papeletas para convertirse en súbditos de segunda en el nuevo régimen.

Tampoco han encontrado tiempo para cavilar sobre los efectos que para Galicia tendría el triunfo de los felones. No creo que les importe o, al menos, les importará mucho menos que su lucha indesmayable contra el enemigo común, donde incluyen a casi todos sus conciudadanos. Dios nos libre de caer en sus manos.

 

Otilia Seijas es escritora

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