Golpe y traición

Cuando a eso de las once de la mañana del domingo Puigdemont compareció en la pequeña pantalla luego de haber votado donde había podido y no querido, la cara del golpista presidente de la Generalidad catalana era todo un poema y evidenciaba que el ilegal referéndum de secesión había fracasado ya.

Sólo le cabía prolongar el asombroso despropósito convocando a votar donde y como buenamente cada cual pudiese, agitando la calle y echando, en definitiva, a la gente contra las fuerzas de seguridad del Estado que ya habían empezado a movilizarse ante la pasividad de la policía autonómica, que contemplaba plácidamente las cosas desde la acera de enfrente.

Que Policía Nacional y Guardia Civil no iban a repartir claveles era evidente. Ni ellas ni ninguna otra fuerza cuando cumplen con la obligación que de los Juzgados o de los Gobiernos legitimados para ello les llega. Pero allí estaban los cordones humanos establecidos para impedir la acción policial, que no fue desproporcionada, tal como lo puede avalar el que, en medio del tumulto, sólo cuatro manifestantes requiriesen ingreso hospitalario.

Las cargas se convirtieron de inmediato en la noticia de la jornada, dieron la vuelta al mundo y llenaron tertulias y telediarios. Y no sólo de los informativos de las cadenas que venían retransmitiendo el golpe desde días y semanas antes, sino de hasta la propia televisión que dicen controlada y manejada por el Gobierno.

Del fracaso del referéndum como tal no se volvió a hablar. TVE mantuvo en antena los mamporros policiales, repetidos hasta la saciedad, durante buena parte de la tarde y noche compartiendo pantalla con los debates tertulianos. A uno, la verdad, le hubiera gustado haber visto muchas más imágenes de los colegios electorales debidamente cerrados, de policías autonómicos dándose el paseíllo matutino, como dice la canción, a trotecito lento, de esas urnas en bolsas negras que llegaban ya repletas de votos, y de manifestantes lanzando piedras y vallas contra la Policía. Algunas hubo, por supuesto, pero en manifiesta desproporción.

La jornada, por lo demás, volvió a poner de manifiesto que los mossos no son de fiar. Ni profesionalmente, como se comprobó en los atentados de Barcelona y Cambrils –a tiro limpio lo resolvieron todo-, ni como institución garante de la seguridad y del cumplimiento de la ley en aquella comunidad, mandada como está por un sedicioso más. Resulta increíble que la custodia de seguridad y ley pueda estar en manos de enemigos del Estado. “Los mossos traicionan al Estado”, se ha escrito con toda razón.

Estamos en los días de después. Pedro Sánchez se ha descolgado ya con que hay que negociar con todos, Generalidad rebelde incluida; una propuesta que habrá producido sorpresa general, pues con los golpistas nunca se negocia nada. Y Ciudadanos insiste en la necesidad de elecciones autonómicas que así, todavía en caliente, podrían volver a poner a los mismos al frente del Palau de Sant Jaume.

Por su parte, buena parte de la opinión pública espera que a los Puigdemont, Junqueras, Romeva, Turrull, Forcadell y Trapero, como más altos responsables del golpe, sean puestos a buen recaudo por la Justicia. Es lo menos que puede exigir.

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