Malos consejos


No sé si Mariano Rajoy hace poco, mucho caso o nada a las sugerencias de asesores y hasta de sus propios equipos de gobierno. Pero visto lo visto a lo largo de sus treinta y cinco años de ejercicio en la primera fila de la vida pública, da la impresión de que demasiados oídos no les presta.

Se trata, por lo que aparenta, de un dirigente de piñón fijo tanto en la salud como en la enfermedad; es decir, tanto en los mejores como en los no tan buenos momentos. Ni grandes euforias ni grandes desánimos. Pocas cosas parecen alterar sus biorritmos. Huye del debate abierto en los medios y en la calle. Su tribuna favorita es la parlamentaria, donde se mueve como pez en el agua. Incluso aquí rara vez entra en el cuerpo a cuerpo a pesar de lo fácil que algunos se lo ponen, como la portavoz socialista Margarita Robles en el inútil debate del lunes pasado, y a pesar de las barbaridades que en no pocas ocasiones aguantar sin que se le mueva un solo músculo de la cara.

Costó sacarle del plasma; esto es, de los monólogos televisivos sin posibilidad de réplica o pregunta, que, por cierto, tampoco se prodigaron en exceso, pero que tanto juego dieron a la pléyade de tertulianos y columnistas críticos. Las elecciones de finales de 2015, sin embargo, le forzaron a salir de Moncloa para participar en la campaña. Y en ello ha continuado hasta hace poco, en que parece haber vuelto a añorar el despacho.

No parecen, por tanto, muy oportunos los mensajes de su círculo de fieles que alimentan la ya natural tendencia del presidente al retraimiento político público. Mensajes como el que le han hecho llegar en la reciente cumbre popular de la carballeira de San Xusto: esa “política a la gallega” que consiste –dicen- en” hablar poco y trabajar mucho”, cuando debería mejor consistir en el trabajar mucho y hablar mucho. Tiempo ha de haber para lo uno y lo otro.

La opinión pública –me parece- necesita una gran labor de pedagogía política; de explicación e información sobre las grandes decisiones del Gobierno. Contentarse con ofrecer buenas perspectivas económicas no basta. Así no se seduce al ciudadano de a pie. Éste, generalmente poco, cuando no mal informado, necesita mucho más. Necesita la presencia continuada patrón del barco. Siempre, pero de forma especial en momentos más que delicados como los presentes. Lo hemos podido comprobar a raíz de los atentados en Cataluña.

Por las razones que hayan sido, bien competenciales, bien de táctica política de cara a no patear más el minado campo del referéndum independentista, lo cierto es que la opinión pública se ha sentido como indefensa ante la práctica desaparición del Gobierno de la nación y de su propio presidente. Alguna explicación sigue mereciendo.


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