El odio a España


Tradicionalmente se ha calificado como “enfermedad social” a aquellas patologías que por su extensión y gravedad ha tenido efectos sociales o consecuencias sociales, como fueron en su tiempo la tuberculosis, y más reciente el Sida; pero en nuestros días, los sociólogos han tomado este mismo concepto para darle un nuevo sentido, el de la “somatización social”; es decir, cuando un colectivo social padece un determinado comportamiento grupal que es la suma de determinados prejuicios, fobias o filias que van más allá del razonamiento sensato. Cuando se busca, se encuentra y se arremete contra un enemigo prefijado, los sea o no.

Dicho de otro modo, una enfermedad que afecta al sujeto y repercute de manera importante en la sociedad. Este tipo de enfermedades, como explica Edward. R. Tylor, se trasladan del ámbito de la salud corporal a la salud social; es decir, es el cuerpo social colectivo el que se infecta, en la cultura, las creencias, las costumbres y la moral.

Muchas de esas enfermedades están generadas por la suma de frustraciones personales, especialmente peligrosas cuando las alimenta la propaganda. El contagio es inminente. ¿Puede alguien entender que uno de los más feroces activistas del odio a España y de la independencia de Cataluña se apellide Sánchez? ¿Qué explicación tiene que en la infantería de los grupos antisistema como la CUP o entre las mesnadas de ERC abunden los hijos de emigrantes andaluces o murcianos, como en el caso de ese tipo de apellido Rufián, que es el paradigma de este fenómeno?

Pero, no nos sorprendamos, este no es un fenómeno nuevo. Lo describió hace mucho tiempo Aldous Huxley. Y lo más curioso es que aquellas enfermedades sociales que impedían a quienes las padecían se manifiestan ahora no en el sentido de la salud corporal, sino de la salud mental y uno de sus síntomas es la expresión de odio. Lo acabo de ver en Cataluña y no me refiero precisamente a los atentados terroristas, sino al modo en que lo que debería ser un acto unitario de repulsa y solidaridad con las víctimas, se ha convertido en parte en una algarada contra todos aquellos que no asuman el pensamiento único del nacionalismo catalán más extremo.

Ni siquiera, en una ocasión como la señalada, una masa gregaria demuestra su capacidad para salirse del contexto social donde sus acciones deben acomodarse al objeto mismo que teóricamente las convocaba: repudiar el terrorismo y apoyar a sus víctimas.

Pese a la espectacularidad plástica de lo que acabamos de presenciar en Barcelona, el fenómeno de este tipo de enfermedades sociales no es nuevo. En el Juicio de Nüremberg, contra los jerarcas del nazismo, alguno de los fiscales hizo precisamente referencia a la capacidad del régimen para adormecer al conjunto de la sociedad alemana de su tiempo que asumió con docilidad su mensaje de odio y terror  y fue impasible y cerró los ojos ante la evidencia. “¿Acaso ustedes –preguntaron a algunos testigos- no veían cómo se detenía a sus vecinos, no venían pasar por los pueblos los trenes cargados de judíos o el paso por pueblos de las hileras de prisioneros-esclavos?”.

¿Se ha podido apreciar en Barcelona la prueba de ese odio irracional a España, lo español y a todo aquello que supone contradecir el discurso del separatismo radical que despliega sus banderas donde no cabe en buen orden ninguna otra que la solidaridad humana? Y eso no quiere decir que, con independencia de cómo curse su pretensión en el futuro, los independentistas no tengan derecho en defender sus ideas, de exhibir sus símbolos, pero no de este modo ni en tal ocasión.

Resulta interesante en este sentido, repasar las fotos de los propios manifestantes que publica el diario del Conde de Godó, “La Vanguardia”. Es evidente que para miles de personas, la manifestación no fue más que un pretexto para manifestarse contra España y lanzar un mensaje inequívoco al margen de lo que se esperaba que hubiera sido ese día. Y eso es, a mi entender, una evidencia más de que una parte de la sociedad catalana, de los españoles que tienen vecindad civil en aquella región, en suma, están contagiados, no ya de un sentimiento político determinado, sino de una patología social, contraída y fomentada voluntariamente, y eso es lo más grave.


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