El conflicto territorial


En nuestros tiempos recientes, los Estados Unidos hicieron dos grandes aportaciones a la estupidez humana: la primera fue la expansión del término “mayoría silenciosa”, lo que viene a decir “el que no se manifiesta es porque piensa como yo”. Fue uno de los recursos dialécticos preferidos de un renegado llamado Spiro Agnew, vicepresidente en el tiempo de Richard Nixon. Digo renegado porque este hijo de un emigrante griego modificó el nombre que le diera su padre, Spiros Anagnostopoulos, y lo sajonizó. Usaba aquella expresión para justificar ante los norteamericanos la opinión de la nación sobre la guerra de Vietnam.

La otra estupidez, aunque ya tenía antecedentes, llega también confirmada de los Estados Unidos. Se trata de “lo políticamente correcto o incorrecto”. En el segundo caso, es lo que todos pensamos y nadie se atreve a formular. También ahora se usa mucho, sobre todo en política.

Pese a su vigencia actual, aparece de modo temprano en aquel país, nada menos que en una sentencia del Tribunal Supremo norteamericano en 1792, con referencia a la situación del país en aquel momento; pero es a partir de los años ochenta que se pone de moda, sobre todo en boca de determinados movimientos sociales que la usan como latiguillo. Rápidamente lo hizo suyo la clase política y determinados periodistas escasos de otro repertorio de términos de expresión, como el que en castellano describe lo que puede ser o no tempestivo en un momento dado.

En nuestros tiempos, debemos a Vladimir Volkoff es doctor en filosofía, profesor de lenguas y literaturas francesa y rusa en Estados Unidos, uno de los más certeros análisis sobre este término que define como “la entropía del pensamiento político. Como tal, es de imposible definición puesto que carece de un verdadero contenido”. Apunta Volkoff que consiste fundamentalmente en confundir el bien y el mal, bajo el pretexto de que todo es materia opinable y que sus blancos predilectos son: “la familia, las tradiciones y, sobre todo, la creencia en ello, puesto que para lo políticamente correcto solo hay una verdad y lo demás es falso”.

Pues bien, en esa adulteración de los mensajes y los contenidos, un sector de la clase política y los periodistas han añadido una tercera estupidez. Me refiero a lo que algunos llaman “El conflicto territorial”. O sea, que en España hay un conflicto entre territorios. O eso parecería por cuestión de límites. Pero no es eso. El “conflicto territorial” es un eufemismo, una forma de disfrazar otro problema en todo caso, el que crea una parte de las personas con vecindad civil dentro de una parte de España que siguen los dictados de unos determinados dirigentes y partidos políticos que persiguen separar a una comunidad autónoma concreta del resto del país. El conflicto no es del territorio, sino en todo caso de una parte de sus habitantes.

“El conflicto territorial” es como una cortina de humo, como el modo de no llamar a las cosas por su nombre. Sería un conflicto territorial, por ejemplo, que la región catalana quisiera ampliar su “territorio” a costa del de Aragón, o que los municipios de O Porriño y Mos tuvieran una disputa sobre sus límites. Me acuerdo ahora que hace años hubo una disputa entre los ayuntamientos de Redondela y Vigo, que incluso llegó al Supremo, sobre la jurisdicción sobre la isla de San Simón a efectos de ordenación urbanística. Fue un pleito descabellado: Vigo alegaba que era asunto suyo por haber sido la isla el lazareto del puerto de Vigo, administrada a efectos de cuarentenas, por Sanidad Exterior. Los de Redondela, con el conocido humor de los hijos de la villa de “Xan Carallás” se tomaron la cosa a broma: “Si os de Vigo queren a illa que veñan a buscala”. Pues bien, al final, como era de esperar, le dieron la razón a Redondela.

Eso sí que fue, mar por medio, un conflicto territorial. Lo de ahora no. Lo de Cataluña, que de momento es una rebelión consumada contra el Estado de Derecho, no es lo mismo. Es un modo engañoso de disfrazar lo que realmente es: que una parte de la vecindad civil de aquella comunidad, con independencia de su origen, cree que le irá mejor separándose de España, pero conservando todo lo que le sea favorable (desde la noble nacionalidad a los mercados). Es decir, la ley del embudo, animada por una curiosa mezcolanza de derecha nacionalista, antisistema filoanarquista, leninistas disfrazados y otra suerte diversa de componentes.


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