Pep y Gabriel

No los he elegido al azar. Son ellos quienes han venido a nosotros emergiendo sobre el ruido general de Cataluña en estos días de tensión política. Pep Guardiola y Gabriel Rufián se me antojan dos personajes dignos del museo de cera para recordar en el futuro al empuje independentista catalán.

Ambos proceden de familias sencillas, no vinculadas a la burguesía nacionalista, que durante el franquismo mantuvo encendida la llama del catalanismo de derechas, luego beatificado por CiU, antes de caer en el infierno tras el descubrimiento de la corrupción. Las figuras de ambos hoy están impresas en los estandartes de las procesiones independentistas, el uno por su verbo fácil y agresivo, el otro por su fama de triunfador deportivo.

Pep Guardiola genera una imagen de confusión y hasta de incomprensión fuera de Cataluña. Al espectador le cuesta encontrar la coherencia entre la vida deportiva del personaje y sus actitudes desde que, ya retirado de los laureles futbolísticos, decidió levantar su voz para defender la secesión. E ingenuamente se preguntan muchos: ¿Cómo después de vestir 47 veces la camiseta de la Selección Española es contrario al Gobierno de España, que lo condecoró con la Medalla de Oro al Mérito Deportivo? Enseguida obtienen respuestas tópicas.

No obstante, el proceso es absolutamente natural. Pep, hijo y nieto de obreros, ha subido el peldaño de clase que da el capital, se ha unido a una chica de la burguesía textil catalanista, carece de formación política sólida y confunde, como tantos, la popularidad con la solvencia ideológica. Lo más fácil y sonoro, ahora mismo, es ser independentista en su tierra y ahí lo vemos repitiendo como un papagayo las consignas que cada mañana le sirven en el argumentario de la Generalitat. Sin embargo, no nos engañemos, Pep es un referente para cuantos aspiran en Cataluña a la fama, al dinero, al triunfo y a una mejor posición social.

Gabriel Rufián es la cara de los Juan sin Tierra de la inmigración de posguerra. Nieto de andaluces, hijo de charnegos, gente republicana de izquierdas, representa a los eternos conversos, capaces de comer cerdo en público y leer la Torá en privado. Con una formación ideológica respetable, le cuesta salir del paso cuando cae en contradicciones, como disparar contra Amancio Ortega vistiendo una chaqueta de Zara. O atónito al desconocer qué medidas de gobierno tomaría su partido tras lograr la independencia.

Rufián, aunque su apellido se preste para el chiste, es una consecuencia del sufrimiento ideológico y social de la España perdedora del 36. No estamos ante un simple rufián insolente. Representa a esa otra Cataluña que en realidad es la España irredenta y, por tanto, fácilmente moldeable. En ERC conocen bien ese caladero de votos en el que Gabriel, mitineando en español, puede pescar. Por eso lo ficharon sin provenir de ninguna militancia. Pasó del paro al Parlamento. Del anonimato a la gloria. Ya es un triunfador a imitar.

Pep y Gabriel representan una parte del presente catalán. Naturalmente, hay muchas más figuras significativas, para el futuro museo de cera de la secesión, que valen la pena analizar.

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