Entendimiento en política (II)

En este ambiente, las normales y lógicas discrepancias inherentes a la vida política se convierten en el centro sustantivo de la vida democrática, desvirtuándola y desnaturalizándola gravemente. Más cuándo semejante esquema de contrarios y oposiciones se aplica, con ocasión y sin ella, a todos los aspectos de la vida política, económica y social.

Nuestra experiencia política reciente, la transición política a la democracia, demuestra hasta la saciedad que tal esquematización maniquea es tan falsa como la clasificación de los partidos políticos entre buenos y malos, algo que, de nuevo otea en el horizonte político. Con procedimientos de análisis de este corte, que divide a la sociedad entre “progres” y “fachas”, entre buenos y malos, la persona queda subordinada a su ubicación en el espectro ideológico. Se olvidan de lo más importante, de las personas normales, que lo único que reclamamos es que los dirigentes se ocupen fundamentalmente de hacer posible un ambiente político y social en el que se pueda ejercer la libertad solidaria.

Resulta insufrible en una sociedad democrática pretender la disyuntiva que algunos plantean a los ciudadanos cultos e informados de cualquier sector: o eres de los nuestros o estás contra nosotros. En cambio, cuándo las personas son la referencia del sistema de organización político, económico y social, entonces aparece un nuevo marco en el que la mentalidad dialogante, la atención al contexto, el pensamiento reflexivo, la búsqueda continua de puntos de convergencia y la capacidad de conciliar y sintetizar sustituyen a la obsesión por el enfrentamiento.

El método del entendimiento, que tan buenos resultados arroja cuando se practica sin prejuicios, es menester que vuelva a presidir la vida política, pues, de lo contrario, nada bueno puede derivarse de esa perversa manía de cerrar puertas y abrir heridas que caracteriza la acción política de algunos dirigentes. Precisamos que el método del entendimiento, compatible, solo faltaría, con las diferencias, a veces incluso graves, sustituya en la substanciación de la vida democrática a las bipolarizaciones dogmáticas y simplificadoras del pensamiento único, estático y cerrado que vuelve de nuevo por sus fueros.

Para la política ideologizada lo primario y principal son las ideas, para la política centrada lo relevante son las personas. Es verdad que la afirmación tan frecuente de que todas las ideas son respetables. Claro que sí, pero a quien es debido el respeto fundamentalmente es a la persona. Y para expresar la fe democrática ante las opiniones, me parece más acertada la formulación de aquel político inglés que rechazando desde la raíz las convicciones de su adversario, colocaba incluso por encima de su vida el derecho del contrario a defenderlas.

Las ideas son fundamentales en la vida política. Por supuesto. Pero quienes la enriquecen, o la empobrecen son las personas que las sustentan. La solución a los variados y complejos problemas con que se enfrenta el político se encuentre en la prudencial aplicación de los criterios de análisis a cada situación contraria. Y esta tarea de aplicación será en verdad prudencial probablemente si tiene en cuenta a las personas, si tiene bien presente la dimensión instrumental de los sistemas de ideas sociales y políticas.

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar