Entendimiento en política (I)

No hace falta ser un lince para alcanzar que en la actualidad es menester hacer transformaciones de calado en nuestro sistema político, económico y social. No para volver a fórmulas periclitadas o que la experiencia universal ha demostrado fracasadas sino a reformas que mejoren la participación ciudadana y fortalezcan los principios sobre los que se apoya el sistema democrático: juridicidad, derechos fundamentales de la persona y separación real de los poderes.

Ahora tenemos ante nosotros, la oportunidad de leer la voluntad de electores y abstencionistas e iniciar un período de acuerdos y entendimientos a la búsqueda de esos cambios y transformaciones que precisamos.

En efecto, en la democracia las cuestiones problemáticas que afectan a las condiciones de vida del pueblo, de las personas, es deseable que se resuelvan a través del acuerdo. El recurso, pues, al consenso como método ordinario de solución de conflictos es algo razonable y propio de los sistemas democráticos puesto que no parece admisible que el hilo conductor de la vida política sea la confrontación, sobre todo en esa versión hoy tan presente del intento de destrucción del adversario político.
El común denominador de la vida política ha de ser, ciertamente, el acuerdo, el diálogo, el acercamiento de posiciones, máxime cuando de resolver problemas que afectan al conjunto de la ciudadanía se trata. Es más, sin acuerdos fundamentales y profundos es bien difícil sentar las bases de un sistema genuinamente democrático. Hoy, entre nosotros tenemos asuntos de gran envergadura política y social que bien merecerían el intento del acuerdo y el entendimiento al margen de cálculos o intereses partidarios.

Subrayar el carácter fundante o constituyente del acuerdo para la vida política no significa, ni mucho menos, que la actividad política se reduzca a los consensos. Este planteamiento, propio de versiones ingenuas de lo que es la política, permite llamar la atención sobre algo que me parece fundamental cuándo se trata de reflexionar sobre la funcionalidad de los acuerdos, del diálogo, en la vida democrática. Me refiero a que el acuerdo, el pacto o el consenso constituyen un momento del diálogo, no su estado ideal ni su conclusión. Lo realmente esencial es dialogar para intentar solucionar los problemas pensando en los derechos de los personas, pensando realmente en las condiciones de vida de los ciudadanos, en lo mejor para la comunidad en una palabra.

Lo fundamental no es que los interlocutores se pongan siempre de acuerdo en todo y para todo, lo que es imposible muchas veces, o la mayoría, por obvias razones, sino que respeten y tengan permanentemente presente el presupuesto metapolítico que hace posible el diálogo, que los convierte en interlocutores, en conciudadanos: la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales.

Cuándo el acuerdo no es posible no pasa nada, no se rompe por eso el suelo de la democracia, porque siempre queda el procedimiento por excelencia, la confrontación en las urnas. La pregunta es, ¿serán capaces los actores políticos del presente de pensar de verdad en los problemas de los españoles y menos en su supervivencia personal y política?

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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