Información o propaganda

Por tener en cuenta la estrategia del sabio ex ministro Rubalcaba según la cual no se debe intentar resolver un problema a consta de crear otro mayor, tal vez por eso el Gobierno esté practicando una táctica similar en lo que a la campaña del ilegal referéndum catalán se refiere: dejar hacer.

Cierto es que impedir con la fuerza pública la entrada a la plaza de toros de Tarragona donde se iba a celebrar el mitin inaugural de la campaña, hubiera provocado un problema de orden público no pequeño, con los máximos dirigentes de la rebelión a la puerta y los miles de asistentes presionando para acceder al recinto. Se dejó, pues, hacer.

A buena parte de la opinión pública le hubiera gustado ya hace tiempo haber visto a Puigdemont, Junqueras, Forcadell y demás altos responsables del golpe puestos a buen recaudo o, al menos, inhabilitados. Pero el Gobierno no se anima y pone en práctica lo que estima más prudente en las presentes circunstancias, que es más bien poco: intervención de material electoral, búsqueda de urnas y papeletas, trabas al reparto del correo postal, prohibición de mítines fuera de Cataluña o reclusión de los mismos en espacios no públicos, cierres de páginas web. Poca cosa. Haber intervenido las cuentas de la Generalidad parece una medida más efectista que efectiva porque el gasto está hecho desde hace tiempo.

Así las cosas, me da la impresión que buena parte de la opinión pública asiste estos días perpleja al hecho de que el sistema mediático esté siendo el gran altavoz de los mensajes secesionistas, sobrepasando, a mi juicio, la delicada raya roja que existe entre información y propaganda de facto. No se trata, por supuesto, de hurtar información, sino de dimensionarla.

Cualquier alumno de los que estos días han iniciado los estudios de Periodismo bien sabe que no es lo mismo dar una información a toda página que a un par de columnas; que no es lo mismo dar un plano general de un mitin separatista que ofrecer un detenido primer plano de los contenidos de las pancartas exhibidas; que no es lo mismo informar sin más de cualquier evento de la campaña que abrir micrófonos y ofrecer testimonios con viva voz de alguno de los presentes. Información, sí, pero según y cómo. Los constitucionalistas apenas aparecen y en todo caso, lo hacen a la cola.

En tales excesos -me parece- están incurriendo tanto medios públicos como privados. De éstos últimos no se entiende que junto a indignados editoriales desplieguen un día sí y otro también espléndidos reportajes fotográficos que magnifican a golpe y golpistas. Algunas tomas parecen fotos de estudio.

Y de los primeros no se comprende tampoco el excesivo tiempo dedicado a la rebelión, haya o no especiales novedades. En sus mejores tertulias TVE, por ejemplo, es casi monotemática. No sería de extrañar que muchos llegaran a conocer mejor a Puigdemont que al presidente de su propia comunidad autónoma.

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